Entre otros mecanismos, las sociedades occidentales están atrapadas en la lógica del rendimiento y el entramado del individualismo. No resulta extraño que el culto al cuerpo aparezca en esa coyuntura, ya sea en la forma de un rostro bello, una apariencia atlética o un aspecto pulcro. Las consecuencias, sin embargo, son engañosas, pues tienden a individualizar algo que es esencialmente un desacierto colectivo.
Esta mañana, lo primero que he hecho ha sido ducharme, mirarme al espejo e intentar entender por qué me veo con sobrepeso, cuando el peso es el mismo desde hace bastante tiempo. Me digo que quizás estoy más hinchado de lo habitual. Quizás cené demasiado la noche anterior. Quizás debería caminar más. Hidrato la piel, pongo un poco de desodorante y me visto, escogiendo las prendas más adecuadas para el día. He disimulado una rojez en mi mentón con un poco de base de maquillaje y me he perfumado. De hecho, en un breve lapso, he tomado múltiples decisiones que, como diría Erving Goffman, siempre tienen un efecto dramatúrgico, para ver cómo ajustar, mediante la autovigilancia y evaluación corporal, la estética de mi organismo a las reglas corporales situacionales que rigen mi contexto. A pesar de su carácter rutinario y mundano, la corporalidad tiene una presencia en nuestras vidas contemporáneas mucho más intensa de lo que parece. A veces, podemos sentir cómo esas decisiones, aparentemente libres, que tomamos ante el espejo, nos presionan para ser tomadas. En buena parte del mundo, los dispositivos de disciplinamiento corporal a determinados mandatos estéticos se han convertido en hegemónicos: mandatos de discriminación corporal que establecen condiciones de existencia materiales y simbólicas profundamente desiguales, atravesadas por el heterosexismo, el clasismo, el racismo, el edadismo, el capacitismo, el cuerdismo, el colonialismo…
La irrupción masiva del uso de las inteligencias artificiales —aunque no tengo muy claro si son inteligentes, por lo que la denominación Modelos de Lenguaje Generativo (MLG o LLM, por sus siglas en inglés) me parece más precisa—, ha generado una producción a gran escala de imágenes de seres humanos que condensan de forma extraordinaria los mandatos contemporáneos hegemónicos de lo que consideramos la belleza. Al tratarse de modelos de aprendizaje automático mediante los contenidos y continentes disponibles en internet (produciéndose una nueva apropiación, robo y privatización masiva de bienes comunales, ahora en la forma de información y conocimientos producidos colectivamente, por parte del capitalismo cognitivo depredador de las BigTech) generan respuestas que tienden a lo que en estadística denominamos la centralidad de la distribución de Laplace-Gauss o distribución normal. O, dicho de otro modo: a lo que es más probable que se dé en un determinado contexto. En nuestro caso significa, de forma simplificada, que ante una pregunta determinada que realicemos a un MLG sobre la corporalidad, recibiremos, en el contexto delimitado que le fijemos, la respuesta más probable.
He hecho algunas preguntas a un MLG que genera imágenes, en concreto Leonardo AI Creation, en su versión gratuita. El primer prompt que escribí fue el siguiente: “Un hombre muy guapo. Medio cuerpo. Estilo realista fotográfico” (8 de junio de 2026, para el chat de Leonardo AI Creation, en su versión gratuita). A continuación, el MLG reelaboró sin preguntarme, de forma directa y automática, mi prompt para precisarlo más y ajustarlo a lo que sería estadísticamente más probable entender como “hombre muy guapo”, en una palabra, al estereotipo que evocamos con esa cadena de significantes. El prompt que generó fue el siguiente: “Un hombre muy guapo de aproximadamente 30 años con una sonrisa suave y ojos expresivos marrones, cabello oscuro peinado hacia atrás, piel morena y una barba bien definida, visto de medio cuerpo con una postura relajada y confiada, con un estilo realista fotográfico que captura cada detalle de su rostro y ropa, con un fondo suave y neutro que permite que su presencia sea el enfoque principal de la imagen, iluminado con una luz natural cálida que resalta su belleza y personalidad” (Leonardo AI Creation, 8 de junio de 2026). El resultado es la imagen 1 (generada el 8 de junio de 2026, por Leonardo AI Creation, en su versión gratuita).

Repetí la misma operación, pero ahora con el prompt: “Una mujer muy guapa. Medio cuerpo. Estilo realista fotográfico” (8 de junio de 2026, para el chat de Leonardo AI Creation, en su versión gratuita). También en esta ocasión, el MLG lo reelaboró: “Una mujer muy guapa con detalles faciales precisos y expresión suave, cabello largo y saludable, piel con un tono cálido y natural, se presenta en una pose elegante de medio cuerpo, con un estilo realista fotográfico que capta cada textura y matiz de su rostro y ropa, con un enfoque en la captura de la luz y la sombra para resaltar su belleza, contra un fondo sutil que no distrae del sujeto principal, con colores vivos y auténticos que reflejan la naturaleza de la escena” (Leonardo AI Creation, 8 de junio de 2026). El resultado es la imagen 2 (generada el 8 de junio de 2026, por Leonardo AI Creation, en su versión gratuita).

En el tercer prompt escribí: “Un hombre trans muy guapo. Medio cuerpo. Estilo realista fotográfico”. En este caso, no reescribió automáticamente mi prompt original (8 de junio de 2026, para el chat de Leonardo AI Creation, en su versión gratuita), y generó la imagen 3 directamente (generada el 8 de junio de 2026, por Leonardo AI Creation, en su versión gratuita).

El cuarto prompt fue: “Una mujer trans muy guapa. Medio cuerpo. Estilo realista fotográfico”, fue rechazado por incumplir las directrices de seguridad de contenido de este MLG. Entonces solicité al propio modelo —esta vez fui yo— que mejorara mi prompt. El resultado fue este prompt que redactó en inglés: “A stunningly beautiful transgender woman, her features elegantly captured in a realistic photographic style. With strikingly defined facial features and a confident stance, she exudes an air of sophistication and grace. The image is a high-quality photograph that showcases every intricate detail of her appearance, from her flawless skin to her intricate makeup. The lighting in the image highlights her natural beauty, making her presence truly captivating” (Leonardo AI Creation, 8 de junio de 2026). El programa generó la imagen 4 (generada el 8 de junio de 2026, por Leonardo AI Creation, en su versión gratuita).

Finalmente, el quinto prompt fue: “Una persona queer muy guapa. Medio cuerpo. Estilo realista fotográfico”. Volvió a ocurrir lo mismo: fue rechazado. Solicité la mejora del prompt y fue el siguiente, que volvió a escribir en inglés: “A stunningly beautiful queer individual, their features sharply defined in a realistic photographic style. The person appears confident and elegant, with a captivating gaze that draws viewers in. The image is a high-quality photograph that showcases every intricate detail with precision. Their attire and accessories are stylish and modern, adding to their overall allure. The lighting and composition of the image enhance the subject’s beauty, making it a truly captivating piece of art” (Leonardo AI Creation, 8 de junio de 2026). El programa generó la imagen 5 (generada el 8 de junio de 2026, por Leonardo AI Creation, en su versión gratuita).

Si miramos las cinco imágenes, lo primero que salta a la vista es que el MLG genera respuestas que están fundadas en el binarismo sexual. Desde ese punto de vista, los hombres y las mujeres, sean cis o trans, aparecen bajo el mismo modelo binario, siendo indistinguibles. De hecho, para ser más precisos, lo trans queda subsumido en lo cis (al no mostrar ninguna huella). El mandato binario de la belleza es tan central en la respuesta estadística de Leonardo AI, que hasta las personas queer quedan subsumidas en lo cis, y en particular en las mujeres cis. De todas formas, esta imposibilidad de diferenciar lo cis de lo trans y queer en estas imágenes nos podría hacer pensar que o bien todas ellas son igual de naturales o bien igual de construidas, si pensamos que, para producir una corporalidad humana generizada, requerimos de un trabajo social enorme para lograrlo. En todo caso, las diferencias las encontramos en otro orden de cosas. Mientras que las solicitudes de las dos primeras imágenes (que el MLG elabora a partir del implícito de lo cis, al no haber especificado en el prompt nada referido a lo trans) no son bloqueadas por infringir las directrices del Leonardo AI Creation, para las últimas dos imágenes, esto ocurre y exige una redacción distinta del prompt. En el tercer caso, a pesar de solicitar una imagen de un hombre trans, es generada directamente sin problemas. Esto me hace pensar en que hay algo del orden contextual del prompt, definido estadísticamente por el MLG, que ante la misma cadena de palabras “medio cuerpo”, que habitualmente es una indicación técnica en el campo de la fotografía, activa una respuesta probabilística de orden muy diferente si es asociada a la cadena “hombres trans” o a las cadenas “mujeres trans” y “personas queer”. Y ese orden es, sospecho, de tipo sexual y erótico.
El MLG, en sus cálculos probabilísticos, está asociando el significante “medio cuerpo” en el mundo trans y queer con la desnudez, siendo aceptable para los hombres (trans), e inaceptable para las mujeres trans y queer. Interpreto, a falta de mayores detalles en la infracción de la directriz, que la belleza, cuando se refiere a lo trans y lo queer, está asociada al deseo sexual explícito, a lo erótico e, incluso, a lo pornográfico. Sólo a partir de la mejora que hace el MLG de mi prompt original, logra generar unas imágenes aceptables para las directrices que filtran los outputs del MLG. Y ¿qué las hace aceptables? Que sean indistinguibles de las mujeres cis. Hablar de belleza, es hablar de belleza binaria, si se quiere que sea una belleza aceptable. El propio MLG establece el contexto que considera más probable para generar la respuesta más probable al prompt. Y ese contexto, para lo trans y queer, cuando se refiere a “medio cuerpo”, parece que rompe lo moralmente aceptable y los principios éticos que regulan la producción de imágenes, porque generar la respuesta le lleva a generar una imagen donde la belleza quedaría asociada a la desnudez y/o a contenido sexual.
El contexto implícito que rige el MLG a la hora de generar una imagen de una persona muy guapa lo podemos ver a través de algunos indicios más. Mi expectativa inicial era que las imágenes fueran de personas rubias y tez mucho más blanca. Su aspecto físico próximo a los estándares mediterráneos me hizo pensar que, precisamente, el contexto en que di mi prompt, tan expresamente genérico, implicó para el sistema generar un contexto, y lo hizo —hipotetizo— a partir del idioma que utilicé (castellano, aunque luego generó algunas mejoras del prompt en inglés) y de la geolocalización de la IP del ordenador desde el que hice la consulta (Barcelona, Catalunya). El MLG me devolvió el estereotipo corporal más valorado para lo que consideró es mi contexto social estadísticamente más esperado: sur de Europa, la cuenca mediterránea. En concreto, me dice cuáles son los ideales de belleza a los que aspirar en mi contexto y que, como hemos visto, son binarios (tanto cis como trans y queer). De la combinación de los prompts originales y de los reelaborados por Leonardo AI Creation y las propias imágenes generadas, la cadena de significantes que establece es muy clara: la belleza equivale a joven, tez clara, blanca caucásica, proporción facial probablemente áurea, con pelo, liso o ligeramente ondulado, peinado y cortado de forma adecuada a las expectativas sociales estadísticamente esperables, piel intacta sin ninguna marca, sin apenas arrugas, dando por hecho sus capacidades plenas, tanto físicas como psíquicas (porque son imágenes que no asociamos a la tristeza, al lenguaje de signos, a moverse en silla de ruedas…).
En ninguna parte de los prompts, la máquina indica que las personas tienen que aparecer vestidas o desnudas, lo que me hace pensar que, en la construcción de esas imágenes, hay una parte que se da por defecto, incluso en los prompts reelaborados por el MLG, propio de una moral corporal que se da por obvia: la belleza es vestida para el hombre cis, las mujeres (sean cis o trans) y las personas queer. El hombre cis de la imagen 1 con camiseta, las mujeres cis y trans enseñando los hombros y/o una parte de la espalda. La persona queer con americana. Los mandatos binarios y heterosexuales de género están bien integrados en los MLG, hasta el punto de que no se le ocurre que quizás el hombro debería mostrarlo él, a no ser que seas erotizado como un hombre trans, que en este caso es la única imagen en la que aparece completamente desnudo su torso, un torso por cierto muy cis. Ellas aparecen jóvenes, pero sin edad específicamente determinada en el prompt. El hombre cis es el único al que el MLG le asigna una edad específica, 30 años, generando el efecto de que parece más mayor de ellas, quizás por la leve arruga en su frente: no sabemos si mucho o poco, porque de hecho, en el heterosexismo, la edad de ellas no debe nunca precisarse. Tampoco sabemos la edad del hombre trans. Las imágenes muestran personas que no parecen marcadas por trabajos fatigosos, que dejan huellas en la piel, en los huesos. Las marcas no son bellas. No hay halos de sudor. Aparecen limpias, aseadas, incluso podemos imaginar que están perfumadas. Los prompts generados por Leonardo AI Creation lo dejan claro. La imagen del hombre cis debe expresar su personalidad, presencia, confianza, bien definido (incluidos su barba, su cabellera, sin exceso de vello corporal que pudiera emerger por encima del cuello de la camiseta), todo ello suavizado (no fuera el caso que se le tomara por proletario). La imagen de la mujer cis debe expresar detalles precisos, evocar salud, elegancia, sutileza, bien depilada… todo ello de forma suave (probablemente no trabaja en una cadena de envasados agroalimentarios). Parecen una pareja implícitamente heterosexual: la firmeza de él, el aspecto saludable de ella, compartiendo las mismas relaciones de clase. Probablemente se enamorarán. Quizás compartirán la vida y tendrán hijes. Una pareja claramente binaria, en cuyos mandatos también encajan las imágenes y los prompts del hombre trans, la mujer trans y la persona queer. Resultan perfectamente intercambiables.
En esta operación el MLG converge las corporalidades a la centralidad de la distribución estadística, eliminando todo rastro de diversidad y singularidad corporal, convirtiéndose en un extraordinario agente de normalización binaria dentro del dispositivo sexo-genérico contemporáneo. Parecería que uno es guapo si antes es adecuadamente masculino. Que una no puede sentirse guapa si antes no encaja adecuadamente en la feminidad hegemónica. Dicho de otro modo, para el MLG, no podré identificarme con la belleza, y por tanto sentirme una persona atractiva y deseable, si no me siento antes una persona que se adecua a los ideales masculinos o femeninos hegemónicos, incluso si soy trans o queer. La condición para aspirar a sentirme una persona guapa pasa por ser previamente reconocida como una persona que encaja con los mandatos de género binario (que incluye el sexo como construcción sociopolítica). Es difícil ser identificada como una persona guapa si rompes con los mandatos hegemónicos de género. Es más, el MLG parecería advertirnos de que, en realidad, el nudo del mandato binario es lograr parecerlo, de lograr el passing.
Finalmente, el MLG decidió automáticamente cuánto iba a costar generar las imágenes. Para cada imagen empleó 17 tokens. Un token es la unidad básica de crédito para generar una imagen en Leonardo AI. En la versión gratuita, disponemos de 150 tokens, y el costo de la imagen más básica es de 1 token. Desconozco qué operaciones ha realizado para que el costo fuera 1,600% más alto de lo esperado, pero me hace pensar en algo paradójico que a menudo olvidamos: ajustarse a la curva normal de la belleza corporal binaria tiene también un coste, que a menudo ignoramos. No sale gratis, ni en un MLG ni en la vida, siendo un indicador de la presión que exige ajustarse a los mandatos hegemónicos.
Ante estas imágenes que nos devuelve el MLG, ¿dónde queda mi corporalidad, nuestra corporalidad, si la comparamos con ellas? Si esos son ideales a los que debemos aspirar, ¿dónde queda quien, por ejemplo, es negra, vieja, se mueve con muletas, sigue enamorada de su pareja queer o que disfruta de su vello corporal? Le hice una pregunta a ChatGPT, en su versión libre GPT-5.5, en el dominio chatgpt.com, también el 8 de junio de 2026. Escribí este prompt: “¿Es un problema el cuerpo y la presión estética? ¿Por qué?”. ChatGPT me contestó:
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“Sí, el cuerpo y la presión estética pueden convertirse en un problema cuando las expectativas sobre la apariencia física son tan fuertes que afectan al bienestar, la autoestima o la salud de las personas. Algunas razones son: 1) Generan inseguridad y baja autoestima: muchas personas comparan su cuerpo con modelos de belleza que suelen ser difíciles o imposibles de alcanzar. 2) Favorecen la discriminación: quienes no encajan en los ideales de belleza dominantes pueden sufrir burlas, exclusión o prejuicios. 3) Pueden afectar la salud mental:la preocupación excesiva por la apariencia puede contribuir a la ansiedad, la depresión o la insatisfacción corporal. 4) Promueven conductas poco saludables: algunas personas recurren a dietas extremas, ejercicio excesivo o procedimientos riesgosos para cambiar su aspecto. 5) Limitan la diversidad: los estándares estéticos suelen presentar un tipo de cuerpo como “ideal”, ignorando que existen muchas formas, tamaños, edades y características corporales diferentes. Por otro lado, cuidar la apariencia o querer verse bien no es necesariamente algo negativo. El problema surge cuando la valoración de una persona depende principalmente de su aspecto físico o cuando la presión social provoca sufrimiento. En resumen, la presión estética es problemática porque puede hacer que las personas sientan que su valor depende de cumplir ciertos estándares de belleza, lo que puede afectar tanto su salud física como emocional”. (Respuesta generada por ChatGPT 5-5, versión gratuita, el 8 de junio de 2026 a las 12:47, al prompt: “¿Es un problema el cuerpo y la presión estética? ¿Por qué?”).
Parece que, para ChatGPT, la presión estética es un ideal que genera problemas, sufrimiento y costes para las personas. Es una respuesta estereotipada, la más estadísticamente probable que pudiéramos escuchar en los discursos oficiales, en la literatura gris y en los debates disponibles en las redes, donde ha sido entrenada. En la respuesta, el MLG construye el problema de forma individualista, de cómo y en qué grado nos ajustamos cada sujeto a los mandatos corporales. Ignora que los propios mandatos corporales son construidos de forma discriminatoria e institucionalizados, estableciendo un orden de lo deseable y de lo repugnante en función del sexo (grado de binarismo), de la raza, de la edad, de la clase, de la capacidad… En su respuesta, sin embargo, emerge un aspecto implícito que la máquina no liga, pero que apunta, a mi juicio, a una cuestión de fondo: el problema de la cantidad, del exceso, de la máxima exigencia estética, de la máxima disciplina estética, del máximo rendimiento estético que evocan las imágenes que hemos visto.
Pero ¿cómo podemos conciliar esta mirada preocupada por el malestar corporal con el hecho de que participamos de una sociedad que precisamente se fundamenta en el exceso, en el máximo posible? Creo que no podemos desconectar la presión estética del resto de presiones sociales que la sociedad clasista, racista, capacitista, cuerdista, heterosexista y colonial contemporánea nos exige. ¿Quién no tiene la fantasía de ser la más lista, la mejor en un deporte, la más exitosa en su profesión, el más popular, la más atractiva, quien gana más dinero? Basta con mirar a nuestro alrededor para ver que el imperativo del exceso rige nuestras vidas. Se trata de un imperativo de corte capitalista, pues, no olvidemos, el éxito empresarial es, en última instancia, la tasa siempre creciente de beneficios. Pero un imperativo que también tiene, al mismo tiempo, la marca de género, de orientación sexual, de raza, de normalidad somática y psíquica… Un discurso normativo del exceso que ha encontrado una nueva sede: la corporalidad. Y en el caso de la estética, diría que puede constituir la expresión máxima de la infinitud, de la inaprehensibilidad, de la imposibilidad de establecer límites a la búsqueda incesante de “tener más cuerpo”, de “ser más cuerpo”. Creo que la estética aspira a una belleza infinita, es decir, sin contención, sin suficiencia, donde el objeto al que hoy se vincula la belleza, mañana será otro. Una belleza indefinible por sí misma, que constituye, a mi modo de ver, una fuente de plusvalía corporal, a la que aspiramos íntimamente a través de sus mandatos tiránicos que conforman nuestra subjetividad. Una plusvalía corporal que se traduce en acceder a recursos, reconocimiento social, credibilidad y justicia epistémica corporal (a menudo se reprocha a una persona queer, feminista, trans… que, si afirma lo que afirma, es porque en realidad nadie la desea, por “fea”, “malhumorada”, “no atractiva”…). Y el capitalismo, en su infinita capacidad de generar necesidades para ser satisfechas en forma de mercancías, ha captado esta conexión con un enorme mercado de servicios y productos dirigidos a la producción estética corporal y a cómo lograr una cuota creciente de plusvalía corporal para la persona de a pie. Cada organismo humano se ha convertido en una mercancía potencial a producir para ser consumida o para ser fuente de capital futuro. El sector de la cirugía estética, por poner un ejemplo, ha estado creciendo de forma intensa en los últimos años. Según los datos disponibles más recientes para España, publicados en el informe de la Sociedad Española de Cirugía Plástica Reparadora y Estética (La realidad de la cirugía estética en España, publicado en 2022), entre 2014 y 2021 hubo un incremento de 215% de cirugías, de las cuales, 85% fueron intervenciones en mujeres (no especifica si sólo cis o incluye también a mujeres trans) y 15% en hombres (tampoco especifica si sólo cis o incluye también a hombres trans). Es un dato que no sólo pone de manifiesto la distribución sexista de este tipo de intervenciones, que coloca a las mujeres en el centro, sino que, además, indica el enorme negocio capitalista que es el sexismo. En la siguiente tabla, podemos ver las principales intervenciones quirúrgicas realizadas por sexo.

Los datos están clasificados según la nomenclatura médica de este tipo de cirugías. Sin embargo, para interpretarlos, nos puede ser útil ver cómo son descritos en el ámbito profesional, es decir, cómo se venden. A título de ejemplo, y sin ánimo de realizar un análisis en profundidad de los discursos estéticos de las webs de las y los profesionales de cirugía estética, me fijo en la primera web que me devuelve la respuesta elaborada por el MLG de Google (integrado en su buscador) ante la pregunta “aumento de mamas con implante, ¿qué buscan las mujeres?”, realizada el 3 de julio de 2026 (principal cirugía en las mujeres, según la tabla anterior). También reviso la primera web que me devuelve ante la pregunta “blefaroplastia, ¿qué buscan los hombres?”, realizada el 3 de julio de 2026 (principal cirugía en los hombres, según la tabla anterior).
En estas webs, se describen los distintos servicios quirúrgicos estéticos ofrecidos, entre los que están las tres cirugías más realizadas a mujeres y a hombres respectivamente en España, según los datos anteriores. Si visitamos estas dos páginas, podemos ver que la forma como se venden estos servicios estéticos no es simétrica en términos de género. En la primera web, de la Clínica Dr. Weigand, en Madrid, España, las cirugías feminizantes se vinculan al logro de una mayor “calidad de vida, salud, confianza en una misma, equilibrio y simetría corporal…”. No se explicita ni se especifica directamente que su finalidad es para feminizar. Se da por obvio que, para lograr esos objetivos, la persona pasa por ajustarse lo mejor posible al modelo de feminidad hegemónico. Y esto lo podemos captar cuando vemos la descripción de los servicios de cirugía masculinizante. En la segunda web, del Dr. César Casado, Cirugía Plástica, Estética y Reparadora, en la descripción de dichas cirugías, emerge la clarificación de que este tipo de intervención busca, expresamente, masculinizar y, por tanto, nos alerta del temor que puede aparecer en el imaginario de un hombre que esté pensando en someterse a una operación quirúrgica estética: feminizar su cuerpo, al haber sido la cirugía estética, históricamente, un tipo de intervención médica dirigida sobre todo a mujeres. Se hace, entonces, necesario explicitar los aspectos masculinizantes de dichas cirugías: algo fundamental si se quiere expandir este nicho de mercado masculino en el contexto de una sociedad sexualmente binaria y capitalista.
Si tomamos este marco (y sin olvidar las imágenes anteriores), según los datos de la tabla anterior, para las mujeres, la cirugía de aumento de mamas con implante es la intervención preferente (32,3%), seguida de la liposucción (10%) y de la cirugía de elevación de la mama (9,3%), que queda en tercer lugar. Estas cirugías producen un modelo de feminidad corporal que articula el aumento de mamas y su elevación en el torso junto con abdomen, caderas y muslos más delgados, asociando a estas modificaciones el logro de mayor autoestima. En cuanto a los hombres, la intervención más realizada es la blefaroplastia (19,9%) seguida de la ginecomastia o reducción de mamas (19,6%) y, en tercer lugar, la rinoplastia (18,1%). En este caso, estas cirugías tampoco son neutras, están orientadas a acentuar los rasgos de lo que la masculinidad hegemónica establece para un cuerpo masculino: definir la mirada a través de rejuvenecer los párpados (eliminando el exceso de piel y de bolsas de grasa, de modo que no feminice la mirada masculina), transformar las mamas masculinas en pectorales definidos, y un diseño de nariz recta y fuerte (a diferencia de la nariz femenina, que tiende a ser diseñada más pequeña y con cierta tendencia puntiaguda). Lo paradójico es que, cuando todos estos tipos de intervenciones se refieren a personas trans, son moralmente sancionadas y criticadas. Cuando son para producir corporalidades binarias ajustadas a los mandatos corporales binarios, son reconocidas como legítimas, saludables y reconfortantes. Un dato que destacar es que, de estas intervenciones, 29,5% corresponden al grupo de personas entre 18 y 29 años, lo que focaliza los procesos actuales de disciplinamiento corporal de forma especial en la población joven. En todo caso, estos datos nos avisan que el organismo humano es más moldeable de lo que parece, y que, cuando lo quieres moldear, tienes que ir con cuidado, si quieres ajustarte a los modelos hegemónicos vigentes, no vaya a ser que produzcas cambios orgánicos subversivos.
Pero las estadísticas de cirugías estéticas muestran una parte del alcance de la presión estética contemporánea. Pienso que no debemos pensar sólo en términos de imagen, sino también en los movimientos (las técnicas corporales, en el sentido de Marcel Mauss), en lo táctil y la textura corporal, en los sonidos corporales… y en los olores. El caso de los olores es especialmente ejemplar. La presión pasa por la acumulación de perfumes, de fragancias y de esencias, de jabones, de jarabes que impregnen nuestra piel, nuestro pelo, nuestro aliento. Los olores y el sudor se han convertido en territorios corporales donde reafirmar, particularmente, la marca del género y el binarismo, pero, de forma discreta, a menudo invisible, respecto al protagonismo enorme que tiene la imagen corporal. La presión en hacer cada vez más olor a perfume puede percibirse, incluso, cuando haces actividad física en un gimnasio. Olores y sudores que incluso han llegado a transformarse en objeto de especializaciones médicas como nuevos servicios mercantilizados, lo que no significa necesariamente que sean servicios de salud. Hablar de presión estética implica, pues, enfrentar el problema de la belleza como objeto social que articula y discrimina las corporalidades. Como significante social, establece las coordenadas de las desigualdades sociales. Disponer de más “capital corporal”, o de menos, implica jugar tu futuro en una sociedad donde la discriminación corporal establece formas desiguales de satisfacción de las propias necesidades.
Creo que una forma de entender cómo funciona la discriminación corporal es a través de lo que llamo “matriz de relaciones sociales de esencialización corporal”, que contribuye a la constitución del orden social desigual en que vivimos. La esencialización corporal remite a aquellos procesos sociales a través de los cuales se toma un rasgo orgánico humano determinado como expresión de todo el organismo. La finalidad es constituir grupos sociales desiguales entendidos de forma “natural”, borrando, así, el rastro social que lo hace posible. Los rasgos orgánicos son elegidos, ordenados y combinados socialmente para constituir grupos sociales jerarquizados que participan de forma desigual en la satisfacción de sus necesidades, tanto físicas como imaginarias y simbólicas.
Actualmente identifico cinco relaciones sociales principales de esencialización corporal. La primera es la sexualización y sexualidad corporal, que remite al establecimiento de grupos sociales jerarquizados mediante la reducción del organismo humano a sus características biológicas relacionadas con la genitalidad, la sexualidad y la procreación. Estos rasgos son socialmente empleados en la construcción de los “sexos” y las sexualidades en categorías sexo-genéricas discriminatorias como mujeres, hombres, personas cis, heterosexuales, personas trans, queer, bolleras, maricas, raritas… Mediante la naturalización queda legitimada la desigualdad sexista y de sexualidad. La segunda forma de esencialización es la racialización corporal, que consiste en la construcción de grupos sociales jerarquizados reduciendo el organismo humano, en este caso, a sus características relacionadas con el fenotipo, especialmente la pigmentación de la piel y la morfología craneal y facial. Estos rasgos dan lugar socialmente al artefacto de las “razas” en categorías raciales discriminatorias como personas negras, blancas, latinas, marrones, indias, europeas, mestizas, gitanas, moras, indígenas… sometidas a la desigualdad social, que es naturalizada. El edadismo corporal, en cambio, reduce el organismo humano a sus características relacionadas con la edad cronológica y el envejecimiento orgánico construyendo las “edades” en grupos jerarquizados como crías, personas adolescentes, viejas, menas, jóvenes, ninis, adultas… El capacitismo y el cuerdismo corporal son el cuarto tipo de relación que esencializa la corporalidad reduciendo el organismo humano a sus características relacionadas con la funcionalidad orgánica, especialmente la motriz, la sensorial y la cerebral. Estos rasgos son socialmente construidos, ordenados y combinados, y construyen las “discapacidades” como criterios de agrupación discriminatoria de las personas, estableciendo de forma desigual cuáles necesidades pueden ser satisfechas y cuáles no por parte de las personas socialmente categorizadas como neurotípicas, crip, sanas, divergentes neuronales, normales, que se mueven en sillas de ruedas, supervivientes de la psiquiatría, cabales, supervivientes del suicidio…, o según las etiquetas diagnósticas con que los dispositivos médicos y de salud han colonizado la diversidad corporal y psíquica. Y, finalmente, el tallismo y el somatoformismo corporal que convierte al organismo humano en un ensamblaje de características relacionadas con la talla, la figura/forma corporal, la musculatura, la resistencia, la fuerza, la motricidad y la flexibilidad. Socialmente, estos rasgos, como los que he descrito antes, también son elegidos, ordenados y combinados para construir las “tallas” y las “somatoformas” que agrupan de forma jerárquica a las personas y sus vidas, a través de la evaluación corporal, en categorías sociales como gordas, delgadas, altas, bajas, atractivas, repugnantes, musculosas, enclenques, fit…, y en función de ésta, qué vidas son vivibles dignamente y cuáles son socialmente desechadas, humilladas e invisibilizadas.
Estos cinco tipos de relaciones de esencializiación corporal configuran la matriz de la desigualdad corporal y se articulan de forma muy estrecha, por lo que no podemos entender una sin las interacciones que establece con las otras. La matriz explica los efectos de la discriminación corporal, en términos de excesos, “positivos” o “negativos”, y de cualidades, “buenas” y “malas”. Es decir, el proyecto corporal queda configurado por el conjunto de relaciones sociales de esencialización corporal, cuya matriz establece no sólo las cualidades que debemos disponer para participar de las posiciones de privilegio corporal, sino también la cantidad. Estar musculado, por ejemplo, no implica sólo disponer de los músculos normativos, sino de una musculatura producida en determinados establecimientos, que dan una determinada forma mediante el exceso de determinados ejercicios, pesos, repeticiones, resistencias… Una musculatura adecuada, es decir, que obedece la matriz heterosexista binaria, blanca, capacitista, capitalista y cuerdista.
Este entramado de relaciones de esencializiación corporal es la productora principal de objetos sociales (en el sentido de Cornelius Castoriadis) que configuran nuestros imaginarios corporales que introyectamos en nuestra subjetividad. Mediante ella, nuestra subjetividad queda reducida a lo que logramos hacer con nuestra corporalidad. Asumimos como una responsabilidad propia lo que emerge de la matriz social corporal, más allá de nuestras voluntades. Esta condición establece que las corporalidades valen, cuánto valen y cuáles valen más que otras para acceder a la satisfacción de las necesidades. Incluso qué corporalidades “merecen” vivir. Pero también cuáles “merecen” morir, a menudo mediante la agresión impulsiva, el asesinato deliberado, la desatención, el abandono o el logro más doloroso de la psicopolítica contemporánea: la introyección de objetos sociales en la forma de ideales corporales inalcanzables, individualistas, cuyo fracaso en su logro implica una catástrofe subjetiva, la destrucción de la pulsión de vida y la aspiración a dejar de sentir el sufrimiento que todo ello implica, mediante múltiples formas: las adicciones, la destrucción del deseo, la huida nutricional (por falta o por exceso) o la propia destrucción (especialmente, mediante el suicidio).
Lejos de ser un asunto individual, la paradoja es que las condiciones sociales contemporáneas crean contextos situacionales corporales que fomentan la pregunta “¿vale la pena vivir?” y que estimulan la respuesta subjetiva individualista; mientras que, en otros momentos históricos, los contextos situacionales de sufrimiento psíquico y malestar social favorecían la afirmación “debemos luchar para cambiar este mundo invivible”, estimulando la acción colectiva, el apoyo mutuo y la subjetividad colectiva. Sufrir desde un mundo que te dice cada día que es tu responsabilidad lo que le ocurre a tu corporalidad y que, si fracasas es indicador de que no mereces la vida a la que aspiras, hace plausible el propio exterminio, incluso invita a ello. En un mundo que levanta muros ante la soledad del propio sufrimiento, ¿qué queda para el sujeto que se ha identificado con los mandatos individualistas, neopatriarcales y neocapitalistas, que le hacen origen y destino de su martirio por lograr el exceso al que se debe? ¿Morir? Quizás, a no ser que logremos colectivamente construir redes de apoyo mutuo y de cuidados corporales no sólo disponibles en determinadas circunstancias, sino que conformen también los imaginarios sociales en múltiples objetos que cada sujeto, individual y colectivo, interiorice desde contextos y situaciones distintas, a los que pueda recurrir ante la violencia de la discriminación corporal (mientras rija nuestras vidas y deseos): para que haya unas corporalidades privilegiadas, éstas se erigen sobre corporalidades que son desechadas y humilladas. Nos desgarran las múltiples fuentes de sufrimiento corporal, pero no es un resultado accidental o azaroso. Emerge de forma difusa, no siempre directa ni clara de la matriz de relaciones sociales de esencialización corporal bajo el imperio del desapego y la crueldad, en el sentido de Rita Segato. Morir, como vivir, no es un accidente; sin embargo, no podemos establecer cadenas causales específicas y detalladas que nos permitan identificar de forma inequívoca los efectos difusos de una matriz que, en última instancia, no sólo implica una nuda vida, en el sentido de Giorgio Agamben, sino también una nuda muerte.
El somatoformismo tiene un peso fundamental para poder entender cómo encaja la experiencia subjetiva de los ideales y mandatos estéticos en esta matriz de relaciones corporales que suministra, como hemos dicho, los objetos sociales a través de los cuales se configuran nuestros imaginarios corporales. Unos imaginarios que, como dice Suely Rolnik, colonizan nuestro inconsciente. Esto significa que nuestro inconsciente no está desligado del orden social profundamente desigual en el que vivimos: un inconsciente que opera con los procesos de esencialización corporal que nos suministra nuestra sociedad contemporánea y que, por tanto, opera en el orden del deseo. Es decir, más allá de juzgar moralmente la presión estética como personas, familiares, profesionales, o moralistas, creo que deberíamos interrogarnos sobre cómo dibuja nuestro deseo, en este caso un deseo corporal, en un orden corporal desigual. Estamos viendo en directo cómo la configuración de los ideales estéticos que nos rodean, verdaderos mandatos imperativos con una marca de género profunda, transmutan en el deseo de las nuevas generaciones. En otros términos, las tecnologías sociales contemporáneas permiten la producción de unas nuevas subjetividades de género binarias hiperreales que se fundamentan y articulan a través de su propia producción corporal, hasta el punto de que una persona acaba deseando un cuerpo femenino hiperreal o un cuerpo masculino hiperreal, como el de las imágenes anteriores. Y digo hiperreal, porque está más allá de la realidad, donde los imaginarios binarios de género están constituidos en una jerarquía corporal, donde la feminidad y la masculinidad se ajustan cada vez más a un modelo homogeneizador (acelerado gracias al trabajo de los MLG corporativos, como hemos señalado) y excluyente de las diversidades corporales. Una homogeneización que constituye el deseo, el deseo de una corporalidad femenina o masculina que ocupe las posiciones más altas en la jerarquía corporal. Sin embargo, la obediencia al mandato no desdibuja la complejidad del sujeto, su potencialidad elaborativa e incluso de pensarse a sí mismo.
El peso de la corporalidad en nuestras vidas, a mi modo de ver, se ha convertido en la forma más próxima de encarnación, en el sentido literal, del proyecto capitalista contemporáneo y su hegemonía ideológica. En otras palabras, para comprender el papel central que tienen cada vez más los imperativos corporales y su relevancia social, es importante saber que están estrechamente relacionados con la falsa promesa de la movilidad social. Es decir, la expresión subjetiva de aspirar a una corporalidad que encaje con los mandatos e ideales disponibles que rigen la discriminación corporal tiene que ver con una concepción meritocrática de la desigualdad, de tal forma que la responsabilidad de la corporalidad que una persona tiene responde directamente a la voluntad que pone en adecuarla a los mandatos hegemónicos. La obediencia al mandato se presenta con la falacia de que podrás ocupar una posición mejor en las jerarquías de la desigualdad social y en la discriminación corporal. Y si no lo logro, entonces los mecanismos de coacción y coerción sociales intervendrán: el insulto, el acoso, el escarnio o el estigma harán su trabajo para marcarme como un sujeto indeseable. Sin embargo, en la sociedad individualista y del rendimiento en que estamos, buena parte de los procesos de coacción y coerción están interiorizados a través de formaciones superyoicas sádicas y un yo ideal inalcanzable. Creo que esta intensificación de la vigilancia de la propia corporalidad va ligada al fracaso de la meritocracia androcéntrica clásica como sistema de movilidad social, pues el esfuerzo en el trabajo y en los estudios, que deberían permitir alcanzar una autonomía económica y unas condiciones de vida dignas, como una vivienda, un proyecto vital, ha quedado desmentido.
Cumplir con los mandatos corporales contemporáneos no supone, por tanto, sólo una cuestión estética, sino que hay que ponerla en relación con cómo opera la estética en la sociedad de la productividad y del rendimiento. En este contexto, ser percibido, por ejemplo, como gordo se asociará no sólo a un peor pronóstico de salud respecto a si eres percibido como delgado, musculado o tonificado, sino que proyectarán las valoraciones de menosprecio que implica la gordofobia a todas tus competencias y habilidades personales, familiares y profesionales. Por poner otro ejemplo, la corporalidad gym comienza a convertirse en un indicador de la capacidad autodisciplinaria que una persona puede tener, que en los tiempos de la autoexplotación capitalista se vuelve especialmente reconocida. La búsqueda de cómo sobrevivir en un orden tan profundamente desigual, que se fundamenta en la retórica de que cada individuo es responsable de su situación vital, parecería indicar que donde es más factible, más tangible, más cercano, más imaginable, alcanzar “méritos” es en la gestión y producción de la propia corporalidad, siguiendo los principios normativos que imponen los modelos corporales hegemónicos, produciéndose un desplazamiento del mérito laboral al mérito corporal. Se trataría de capitalizar el propio aspecto, a modo de generar un capital corporal a través del cual sacar rendimiento a la belleza: un capital y un rendimiento que no necesariamente es sólo monetario, sino también de reconocimiento social y profesional, de admiración, de erotismo y de poder.
Un ejemplo llamativo de esta condición son los vídeos que podemos ver en las redes sociales de Amadeo Llados. Tiene 1,4 millones de seguidores/as en Instagram y 11,246 publicaciones, hasta junio de 2026. En uno de los videos publicados en su cuenta de Instagram, que recoge momentos distintos de las actividades que lleva a cabo, vemos la tesis de que alcanzar méritos con esfuerzo a base de disciplinar el propio cuerpo con entrenamientos muy intensos, y ser emprendedor (es decir, interiorizar los mandatos de autoexplotación capitalista contemporáneos, cuando no tienes capital económico para poder invertir) están estrechamente vinculados. En el vídeo aparece el fragmento de un evento masivo que organizó y que ejemplifica el desplazamiento semántico del mérito laboral hacia el mérito corporal. Fue un evento que organizó en mayo de 2024, donde presentaba su modelo de éxito empresarial en una sociedad desigual.
Llados fundamenta su argumentario en tres ejes: dejar los estudios reglados, desligarse de familiares y amistades, y el disciplinamiento corporal. Una corporalidad que se hace muy presente en el evento, que después de pagar de media 1,000 euros cada persona asistente, en un determinado momento Llados exigió que todos se pusieran a hacer burpees. En este evento, y en general en los diversos servicios que ofrece, vende los ingredientes fundamentales para crear tu vida de ensueño, que consiste en formarse en marketing, desarrollo personal y tener educación financiera mediante la disciplina corporal. Los tres pilares de la fantasía del enriquecimiento creciente masculino para ascender en la meritocracia androcéntrica, donde el éxito se mide en la cantidad de dinero, musculatura y relaciones sexuales que tienes con mujeres. No podemos ignorar que su éxito tiene que ver con que da una respuesta al malestar en la desigualdad, dirigida especialmente a chicos jóvenes españoles y latinoamericanos que no ven cómo salir de las condiciones de vida que la disparidad social les condena, abrazando una neomasculinidad autoritaria y reaccionaria que les promete el éxito a base de dominio, poder y desprecio hacia las masculinidades y feminidades disidentes, sin poner en cuestión la organización clasista, sexista, capacitista y racista de nuestra sociedad. Es más, este nuevo discurso, que Llados encarna de forma tan evidente, se irá extendiendo cada vez más a las diversas generaciones, hasta el punto de que en nuestra vejez también tendremos que performar una corporalidad gym. Esta condición gira en torno a unas nuevas biopolíticas, esta vez especialmente promovidas por los sistemas de salud y sus programas de envejecimiento activo, que buscan expandir la valorización de la población a grupos etarios que hasta ahora eran vistos principalmente como fuente de gasto para los estados del bienestar. Por tanto, estos atributos hegemónicos estéticos no son sólo deseables, sino que, especialmente, en la mirada de las personas jóvenes, hay la intuición de que también son obligatorios si quieres sobrevivir en el grupo y acceder a un futuro que promete éxito económico y sexual. En este sentido, no podemos desligar, por ejemplo, cómo la presión estética masculina se dirige a la producción de subjetividades masculinas de machos Alfa, que se sitúan en la jerarquía masculina frente a lo que se construye como un fracaso masculino, encarnado en las masculinidades Incel o en el sufrimiento psíquico extremo que puede llevar al suicidio (en España, es la principal causa de muerte entre los chicos jóvenes de entre 18 y 30 años). O, como promueve Catherine Hakim, desarrollar un nuevo modelo de feminidad postfeminista que debería construirse sobre la capitalización de la belleza y el erotismo en las mujeres, dada la estructura heterosexista de nuestra sociedad. Es decir, deberían producir el máximo capital erótico posible para ser mujeres de éxito en el neocapitalismo patriarcal contemporáneo.
Sin embargo, ante un orden social que entroniza este tipo de discursos, la resistencia pasa por subvertirlo, no por aceptar de forma resignada tu destino social cuando no te ajustas a los ideales corporales hegemónicos. El poder que produce al sujeto implica, al mismo tiempo, su habilitación para transformarlo de forma comunitaria. Un ejemplo colectivo particularmente revelador fue el movimiento reivindicativo de hace unos años en España, en que varias personas afirmaban, desde la diversidad funcional, el “yes, we fuck” (2015). Es decir, poder ser personas deseables sexualmente y que desean sexualmente. Un colectivo que históricamente ha sido infantilizado, desexualizado e invisibilizado. En sus reivindicaciones había un elemento clave: hacer deseables cuerpos no normativos y, por tanto, poner en evidencia el mandato que nos regula: todo un desafío ante una colonización institucional de nuestros inconscientes, la cual modula, a través de un proceso extraordinariamente severo de exclusiones e inclusiones, nuestro deseo, hasta un grado de intimidad insospechado. El modelo hegemónico estético tiene una connotación capacitista de primer orden, que a menudo queda en un segundo plano en cuanto se da por descontado. Ajustarse al modelo hegemónico estético implica cumplir con la normalización corporal capacitista de forma plena. Las cadenas asociativas entre los significantes belleza-capaz es especialmente estrecha, hasta el punto de que una mujer que no aparenta el modelo hegemónico se la considerará menos capaz que quien sí lo encarna, aunque no haya ninguna evidencia que lo soporte. Por ejemplo, el modelo corporal asociado a la danza, extraordinariamente fino y esbelto, implica que una mujer o un hombre que no encajen con esta corporalidad esbelta y que sean leídos como personas con sobrepeso, o que se desplacen en silla de ruedas, no puedan siquiera ser imaginadas como bailarinas. Pero las resistencias y las disidencias al orden corporal hegemónico son, al mismo tiempo y paradójicamente, reapropiables por el propio capitalismo. Y, por ende, los procesos que vayan dirigidos a ello corren el riesgo de ser mercantilizados. Creo que un ejemplo por excelencia es la campaña publicitaria de Dove, en 2021, cuyo lema era “Transformemos la belleza”, a través de una serie de anuncios entre los que muestra el proceso inverso de construcción de la imagen que una chica hace en redes, yendo desde el resultado final, editado con filtros múltiples, hasta su rostro “natural”. Este tipo de campañas nos obliga a preguntarnos hasta qué punto la responsabilidad corporativa puede ser un elemento en los procesos de transformación social cuando se usa para vender un producto. Desde mi punto de vista, tiene un efecto ambiguo. Por un lado, no contribuye a repetir (acción fundamental de la publicidad) un mensaje estereotipado de la belleza. Por el otro, parecería que, al ampliar la belleza más allá de mandatos estéticos muy estrechos, lo que está haciendo es ampliar el mercado mediante la promesa que sus productos rescatan la belleza que hay en cada persona, reafirmando la centralidad de que, para participar del mundo, de algún modo debes ser reconocida como bella en alguna medida.
La presión estética es un imperativo institucional que regula la producción corporal y que suministra los objetos fundamentales con que conformar los imaginarios hegemónicos y legítimos sobre cómo debe ser nuestro organismo en un régimen corporal desigual y discriminatorio. Un organismo que, en los momentos actuales, se ha convertido en un proyecto corporal de responsabilidad individual, lo que significa que cada una de nosotras y nosotros debe ajustarse, y tiene la responsabilidad social de hacerlo, a los mandatos hegemónicos de lo que es un cuerpo aceptable, es decir, saludable, productivo y deseable. Y como toda institución social, dispone de los mecanismos de coacción y coerción que garanticen su cumplimiento, entre los cuales, obviamente, está también la violencia simbólica con una marca profunda de género, como la auto-vigilancia constante en una concepción empresarial de la producción y gestión de la propia corporalidad. Pero, al mismo tiempo, emergen múltiples formas de resistencia y subversión a esos mandatos, no siempre sostenibles a largo plazo, pero que nos recuerdan que la historia no está escrita de antemano.
- Profesor de Sociología. Universitat Autònoma de Barcelona. ↩︎
- Dedico este texto a Fabio Mora:
“Eres curiós com l’aigua que troba mil camins,
entre les teves càlides paraules
i les mirades planetàries que gronxaven les nostres vides”. ↩︎
Nota: los créditos autorales de la imagen de la portada corresponden a Mohammad Ubaid [@ibn.e.mujeeb].

