SUSCRÍBETE

El cuerpo que imaginamos

Patricia Caro

Contrastes entre la realidad y la imaginación circulan por todos lados: la religión, la historia, la política. Desde luego, el cuerpo no ha estado exento de este desconcierto, pero, acaso por tratarse de algo tan cotidiano, solemos pensar que se encuentra libre de todas aquellas distorsiones de nuestra percepción. El cuerpo nunca está desapegado de la mente que lo piensa y, aun menos, del entorno —lenguaje, cultura, símbolos— que lo envuelve.

Por: Patricia Caro 1

Antes del espejo

Hay una escena que se repite en consultorios, gimnasios y conversaciones privadas: alguien describe su cuerpo con una certeza que no coincide con ninguna evidencia exterior. No exagera por vanidad ni minimiza por modestia. Simplemente ve algo que los demás no ven —o no ve lo que realmente está ahí—.

Esta pequeña distancia entre el cuerpo que se habita y el cuerpo que se percibe es una condición humana. Todos construimos una imagen de nuestro cuerpo que es, en parte, una ficción: un collage ensamblado con retazos de memoria, comparación social, expectativas culturales y sensaciones físicas que muchas veces se contradicen entre sí. El problema no es que esa imagen sea imperfecta. El problema es que actúa como si fuera real.

La pregunta que vale la pena hacerse no es si nuestra autopercepción corporal es precisa —casi nunca lo es—, sino qué consecuencias puede traer esa alteración de nuestra percepción sobre la manera en que cuidamos, descuidamos o directamente ignoramos nuestra salud.

Una imagen construida, no descubierta

El concepto de imagen corporal fue introducido por el neuropsiquiatra vienés Paul Schilder en su obra The Image and Appearance of the Human Body. Para Schilder (1935), la imagen del cuerpo no era un reflejo pasivo de la realidad física, sino una construcción activa de tres componentes: la fisiológica (señales nerviosas, propiocepción), la libidinosa en sentido freudiano (la carga emocional y erótica que depositamos en distintas partes del cuerpo) y la sociológica (cómo la relación con otros cuerpos moldea la imagen del propio).

La imagen corporal, en su definición más extendida, abarca al menos dos dimensiones: la perceptiva —cómo se estima el tamaño y la forma del cuerpo— y la evaluativa —el grado de satisfacción o insatisfacción con esa imagen (Cash y Pruzinsky, 2002)—. Una persona puede percibir con relativa exactitud sus proporciones físicas y, aun así, evaluarlas con severidad, mostrando una insatisfacción corporal que no guarda proporción con ningún criterio objetivo. O a la inversa: alguien puede subestimar su peso y, al mismo tiempo, encontrarse con un nivel alto de satisfacción corporal. Ambos aspectos, la perceptiva y la evaluativa, pueden operar de manera concordante o disociada.

Lo que importa subrayar es que ninguna de estas dimensiones funciona en el vacío. Thomas Cash, uno de los investigadores en este campo, argumentó, en su obra de referencia Body Image: A Handbook of Theory, Research, and Clinical Practice (2002, coeditada con Thomas Pruzinsky), que la imagen corporal es fundamentalmente un fenómeno psicosocial: se forma en la intersección entre la biología, la historia personal y el entorno cultural. No se descubre, se construye. Y precisamente porque es una construcción, puede alterarse en múltiples direcciones sin que quien la sostiene lo advierta.

Esta distorsión —que no requiere diagnóstico para existir— es mucho más extendida de lo que suele reconocerse. Estudios poblacionales han documentado que existe una tendencia, por parte de los adultos, de sobrestimar o subestimar su imagen corporal, y que esta tendencia es distinta cuando se analiza según sexo. Las mujeres tienden a sobrestimar su imagen corporal, mientras que los hombres tienden a subestimarla (Caro et al., 2025). Ambos grupos toman decisiones sobre su salud a partir de esa percepción, no a partir de su cuerpo real.

Los puentes entre percepción y conducta

Si la imagen corporal fuera sólo una cuestión de autoestima, su impacto quedaría confinado al terreno del bienestar subjetivo. Pero la evidencia sugiere algo más incómodo: la manera en que percibimos nuestro cuerpo condiciona de forma activa las decisiones que tomamos sobre nuestra salud.

El primer puente es el de las conductas preventivas. Las personas con insatisfacción corporal alta tienden a evitar entornos donde el cuerpo queda expuesto —consultorios médicos incluidos—. La posposición de chequeos ginecológicos, revisiones dermatológicas o controles de rutina ha sido asociada, en la literatura especializada, con el malestar que genera la exposición del propio cuerpo ante una mirada ajena, incluida la mirada clínica. El cuerpo que se avergüenza tiende a esconderse, y esconderse puede tener costos médicos concretos.

El segundo puente es el de la actividad física. Aquí la relación es menos lineal de lo que parece. La insatisfacción corporal puede ser, en algunos casos, un motivador inicial para moverse. Pero cuando esa insatisfacción es severa, suele producir el efecto opuesto: evitación del ejercicio por miedo al juicio ajeno, episodios de sobreentrenamiento seguidos de abandono o una relación con el movimiento físico gobernada por el castigo antes que por el placer. Ninguna de estas modalidades favorece la salud a largo plazo.

El tercer puente —y quizás el menos estudiado en términos de divulgación— es el paradójico. Tanto la sobrevaloración como la infravaloración del propio cuerpo pueden derivar en negligencia. Quien se percibe en peores condiciones de las que está puede caer en la resignación: “¿para qué cuidarse si el daño ya está hecho?”. Quien se percibe mejor de lo que está puede no reconocer señales de alerta que sí requieren atención. La distorsión, en ambos sentidos, nubla la capacidad de escuchar al cuerpo.

A esto se suma la dimensión de la salud mental, que no opera en paralelo, sino en constante retroalimentación. La insatisfacción corporal crónica —incluso en niveles subclínicos— ha sido asociada con mayor prevalencia de ansiedad, depresión y conductas de evitación social. No como causa única, pero sí como factor que amplifica y prolonga el malestar. El cuerpo imaginado pesa sobre la salud mental tanto como la salud mental pesa sobre la imagen del cuerpo.

La cultura que fabrica la imagen

No hay manera honesta de hablar de autopercepción corporal sin hablar del entorno que la produce. Y ese entorno, hoy, tiene un nombre preciso: el ecosistema de las plataformas sociales.

El punto de partida sigue siendo la teoría de la comparación social que Leon Festinger (1954) formuló: los seres humanos evaluamos nuestras capacidades y atributos comparándolos con los de otros, especialmente cuando no existen criterios objetivos de medida. El cuerpo es el caso paradigmático. No hay una unidad para medir si un cuerpo es “suficientemente bueno”. Sin embargo, existen los referentes. Durante décadas, esos referentes fueron las modelos de las revistas, las actrices de televisión, los cuerpos retocados de la publicidad. Lejanos, reconociblemente artificiales, separados del espectador por una distancia que hacía tolerable la comparación.

Las redes sociales eliminaron esa distancia. Lo que Instagram, TikTok y sus derivados introdujeron no fue sólo más cantidad de imágenes idealizadas, sino una transformación cualitativa en la estructura de la comparación. Los referentes ya no son figuras inalcanzables en una pantalla de cine: son personas que hablan en primera persona, muestran su rutina matutina, responden comentarios y construyen con su audiencia lo que los investigadores llaman una relación parasocial, es decir, un vínculo afectivo unilateral que el seguidor experimenta como genuinamente recíproco. Un influencer de fitness no es una modelo de revista. Es, psicológicamente, alguien conocido. Y compararse con alguien conocido activa mecanismos de evaluación mucho más intensos que compararse con un ideal abstracto.

Esto tiene una consecuencia específica sobre la imagen corporal: la comparación ascendente —compararse con alguien percibido como superior en alguna dimensión valorada— es consistentemente el mecanismo que más deteriora la satisfacción corporal. Estudios sobre el uso de Instagram han documentado que la exposición a imágenes de cuerpos idealizados en esa plataforma se asocia con mayor insatisfacción corporal, incluso cuando los usuarios son conscientes de que esas imágenes están editadas (McComb y Mills, 2020; Köster et al., 2022). El conocimiento de la manipulación no neutraliza el efecto.

Pero el problema no se agota en la comparación individual. Hay una dimensión estructural que lo agrava: el algoritmo. Las plataformas de imagen no muestran una muestra aleatoria de los cuerpos humanos. Muestran, de forma sistemática, los cuerpos que generan más interacción —más likes, más tiempo de visualización, más comentarios— y esos cuerpos tienden a concentrarse en un rango estrecho de formas y tamaños que no representa la diversidad real de la población. El resultado es un proceso de normalización por exposición repetida: el usuario ve ciertos cuerpos tan frecuentemente que empieza a percibirlos como la norma, aunque estadísticamente no lo sean. Lo que el algoritmo amplifica no es la realidad corporal de una sociedad, sino un subconjunto hiperseleccionado de ella, presentado como si fuera el promedio.

El fenómeno del contenido fitspiration —imágenes de cuerpos atléticos acompañadas de mensajes motivacionales sobre disciplina y esfuerzo— ilustra bien esta tensión. Investigaciones recientes han documentado que este tipo de contenido, aunque se presenta bajo el marco positivo del bienestar y la salud, produce en muchos usuarios los mismos efectos sobre la imagen corporal que el contenido abiertamente estético: aumento de la insatisfacción, mayor vigilancia corporal y, en algunos casos, adopción de conductas alimentarias restrictivas. El mensaje cambia —ya no es “sé bella”, sino “sé fuerte”—, pero la estructura de la comparación permanece intacta (Jerónimo y Carraça, 2022).

Lo que hace especialmente difícil resistir este entorno es que opera bajo una lógica de elección voluntaria. Nadie obliga a seguir una cuenta. Nadie fuerza a compararse. Esta ilusión de agencia individual oscurece el hecho de que el diseño de las plataformas —la métrica pública de los likes, la lógica del scroll infinito, la personalización algorítmica— está optimizado para maximizar el tiempo de exposición, no para favorecer el bienestar de quien las usa. La autopercepción corporal se forma, cada vez más, en un entorno diseñado por otros con objetivos que no coinciden con los del usuario.

Por otra parte, el panorama de los ideales estéticos no es estable. Estos han variado históricamente, y cambian según el género, la clase social, la etnia y la región geográfica. Lo que permanece constante no es el ideal, sino la estructura: la idea de que el cuerpo es un proyecto, que su forma actual es provisional y mejorable, y que el mérito personal puede medirse en términos corporales. Esa estructura es la que produce insatisfacción de manera casi independiente de cuál sea el ideal vigente. Es una cultura que nos produce imágenes distorsionadas y las presenta como normativas.

Lo que el cuerpo imaginado no puede darnos

Sería reconfortante cerrar este recorrido con una prescripción. Decir que la solución es quererse más, aceptarse como uno es o desconectarse de las redes sociales. Pero esas respuestas, además de insuficientes, desplazan hacia el individuo un problema que tiene dimensiones colectivas y estructurales.

El cuerpo que imaginamos es, en parte, el cuerpo que nuestra cultura nos enseña a imaginar. Cambiar esa imagen requiere algo más que voluntad personal: requiere transformar los entornos en los que esa imagen se fabrica, los sistemas educativos que no enseñan a leer críticamente las representaciones del cuerpo, los sistemas de salud que reducen el bienestar a indicadores de peso o apariencia y los modelos de comunicación que siguen tratando al cuerpo como un objeto de valoración antes que como un instrumento de vida.

Lo que sí puede hacer cada persona —y no es poco— es reconocer que la imagen que tiene de su cuerpo es exactamente eso: una imagen. Una representación construida bajo condiciones específicas, revisable, parcialmente falsa. Ese reconocimiento no resuelve la distorsión, pero abre la posibilidad de no actuar automáticamente desde ella.

El cuerpo que habitamos es siempre más complejo que el cuerpo que imaginamos. Aprender a escucharlo antes de mirarlo —a percibir sus señales antes de evaluarlas— puede ser, más que una práctica de bienestar, una forma modesta pero real de resistencia.

Referencias

  • Caro, P., De La Fuente-Arrillaga, C., Bullón-Vela, V., Pérez-Araluce, R., Martínez-González, M. Á., & Bes-Rastrollo, M. (2025). Association between body self-perception and the incidence of hypertension: The SUN “Seguimiento Universidad de Navarra” cohort 1999-2022. Biomedicines, 13(5), 1147. https://doi.org/10.3390/biomedicines13051147
  • Cash, T. F., & Pruzinsky, T. (Eds.). (2002). Body image: A handbook of theory, research, and clinical practice. Guilford Press.
  • Festinger, L. (1954). A theory of social comparison processes. Human Relations, 7(2), 117-140.
  • Jerónimo, F., & Carraça, E. V. (2022). Effects of fitspiration content on body image: A systematic review. Eating and Weight Disorders, 27(8), 3017-3035. https://doi.org/10.1007/s40519-022-01505-4
  • Köster, A., Krasnova, H., & Tarafdar, M. (2022). Visual normalization of the thin ideal: Instagram use and biased perception of average body weight. In Wirtschaftsinformatik 2022 Proceedings (p. 1). AIS Electronic Library. https://aisel.aisnet.org/wi2022/social_media/social/1
  • McComb, S. E., & Mills, J. S. (2020). A systematic review on the effects of media disclaimers on young women’s body image and mood. Body Image, 32, 34-52. https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2019.10.010
  • Schilder, P. (1935). The image and appearance of the human body. Kegan Paul.

  1. Epidemióloga y madre. ↩︎

SUSCRÍBETE
Sólo te notificaremos cuando se publiquen números nuevos o artículos especiales.