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Plasticidad del cuerpo: entre la utopía y la distopía feminista

Leah Muñoz Contreras

Desde las ciencias biomédicas hasta las humanidades, la plasticidad es un concepto emergente que ha revolucionado a disciplinas distintas. Y aunque muchas personas han valorado sus efectos emancipadores, no ha estado desprovisto de otros usos en una coyuntura donde impera la dominación del cuerpo y la lógica del dinero. Ese mismo riesgo han corrido todas las utopías: cifrado en sus fundamentos, se halla la posibilidad de todo lo contrario.

Por: Leah Muñoz Contreras 1

En las últimas dos décadas, dentro de las biociencias y la biomedicina, el fenómeno y el concepto de la plasticidad han adquirido cada vez más importancia. Este fenómeno está relacionado con el dinamismo y el cambio constante que encontramos en procesos de transformación biológica, como el desarrollo de los organismos, la evolución o el desarrollo de enfermedades.

El feminismo, así como ha ocurrido con la filosofía y las humanidades, no ha quedado ajeno a estos nuevos desarrollos tecnocientíficos. Una parte de éste se ha reapropiado de dicho concepto para realizar una serie de reflexiones filosófico-políticas en torno al cuerpo sexuado, el género y la subjetividad. La ciencia y las tecnologías de la plasticidad han sido vistas como aliadas naturales del feminismo para abogar por la autonomía y la libertad de todos los cuerpos. Sin embargo, en los últimos años, este optimismo feminista por la plasticidad ha quedado en entredicho debido a que cada vez parece más evidente que la capacidad de transformación de los cuerpos ha sido capturada y absorbida no sólo por las lógicas del capitalismo neoliberal, sino igualmente por las del neoconservadurismo y algunas formas de negacionismo científico. ¿Será, acaso, que la imagen utópica de la plasticidad está cediendo su lugar a una imagen y una realidad distópica de la misma? ¿O será más bien que la plasticidad no sólo porta la posibilidad de la emancipación, sino también la de la dominación y la subordinación de los cuerpos?

La plasticidad

El filósofo Baldas Macionis sostiene que el sustantivo plasticidad y el adjetivo plástico provienen del griego plassein y plastikos respectivamente, los cuales refieren a “moldear” y a “formar”. La capacidad de recibir forma y la de dar forma son dos significados etimológicos que se atribuyen a estas palabras. En sus orígenes, en la Grecia Antigua, la plasticidad aparecía vinculada a connotaciones artísticas y a prácticas de transformación y manipulación de materiales, tal cual es el caso de la arquitectura, la escultura y el arte griego de moldear barro.

Dentro de la biología, la noción de plasticidad puede rastrearse desde los orígenes de esta ciencia en el siglo XIX, aunque sin gozar de la centralidad, la elaboración teórico-conceptual y la evidencia empírica con que actualmente cuenta. La plasticidad no es un concepto único; más bien es un conjunto de conceptos técnicos que tienen variaciones y especificidades en función de las distintas disciplinas. En general es posible decir que lo que comparten es una concepción de los organismos, los órganos, las células y el cuerpo como entidades biológicas maleables, abiertas e indeterminadas que pueden ser formadas, moldeadas y modificadas por su entorno y por los mismos procesos del desarrollo.

En la neurobiología se habla de la plasticidad cerebral para hacer referencia a la capacidad del cerebro de modificarse a nivel funcional o morfológico, ya sea debido a la experiencia (por ejemplo, cuando aprendemos y adquirimos un hábito nuevo) o por procesos regenerativos en casos de accidentes. En la biología evolutiva y la ecología, la plasticidad fenotípica explica la manera en que un organismo o una especie puede manifestar morfologías o estados fisiológicos distintos como respuesta al entorno ambiental que habita y en que se ha desarrollado: éste es el caso de algunas plantas cuyo tamaño varía en función de la altitud en que se desarrollan. La biología del desarrollo suele recuperar estas mismas nociones, pero en otros casos refiere específicamente a los estadios del desarrollo en que un organismo presenta un cambio morfológico significativo, como ocurre durante el desarrollo embrionario y la pubertad. Por su parte, en la biología celular, la plasticidad celular tiene que ver con la capacidad que tiene una célula para cambiar de identidad, ya sea por influencia ambiental o como respuesta a algún daño: esto es algo que se ha observado en órganos como el hígado o los riñones.

En el campo de la tecnología, la plasticidad también da sentido a un conjunto de técnicas y desarrollos. En la biomedicina y la medicina, la plasticidad está ligada a técnicas de laboratorio (desdiferenciación y transdiferenciación celular y la ingeniería de tejidos) y quirúrgicas que permiten trabajar la forma de los tejidos del cuerpo para regenerarlo o modificarlo con fines curativos o estéticos. De igual forma, las máquinas, como los robots y los algoritmos con que funciona la inteligencia artificial (IA), se han vuelto “plásticas” en la medida que exhiben la propiedad de llevar adelante tareas que responden a los cambios y las exigencias del entorno y el contexto, emulando la plasticidad del cuerpo y el cerebro humano.

La razón de por qué la plasticidad, como concepto y noción, ha ganado relevancia dentro de las ciencias y las tecnologías en realidad se debe a un conjunto de factores epistémicos, políticos, ecológicos, instrumentales y económicos. No es mi intención aquí tratarlos de manera profunda, pero vale la pena decir que, para una parte de los biólogos, la plasticidad ha permitido, por un lado, cuestionar la primacía de la genética y el determinismo genético en la explicación de los procesos biológicos; y, por otro lado, poner en diálogo disciplinas distintas que habían mantenido cierta distancia desde la segunda mitad del siglo XX, como la evolución y la biología del desarrollo. Como parte de este proceso, la plasticidad ha adquirido un signo político progresista y democrático dentro de la propia biología al ser concebida como un fenómeno que se contrapone al determinismo genético desde el que se habían desprendido todo tipo de ideologías racistas o sexistas que justificaban la desigualdad social. En un registro distinto, las investigaciones en plasticidad también han recibido la atención de ecólogos debido a que se ha vuelto clave para responder a la pregunta sobre cuál es la posibilidad de respuesta y resistencia de millones de especies ante un mundo devastado por la crisis ecológica en el cual continúa avanzando la extinción de especies por causas antropogénicas.

Más allá de la ciencia y la tecnología, la plasticidad también ha tenido cierta proliferación en la filosofía y las humanidades. Los trabajos de Catherine Malabou seguramente son los más representativos de esta coyuntura. La filósofa hace una relectura de la dialéctica hegeliana para construir su concepto de plasticidad y pensar las mutaciones y transformaciones de la subjetividad. Para Malabou, la plasticidad tiene que ver fundamentalmente con la capacidad de dar una forma, de adquirirla o de destruirla. Esta concepción no se limita únicamente a la subjetividad, ya que la filósofa francesa también la extiende al cerebro, la economía y la política a partir de recuperar distintas facetas de las ciencias y las tecnologías contemporáneas. Desde su visión, la plasticidad es una especie de imagen, ontología y hermenéutica que organiza nuestro mundo contemporáneo. Habitamos en un mundo plástico a decir de Malabou.

El cuerpo plástico como utopía feminista

El feminismo tampoco ha estado ajeno a esta incorporación del concepto de plasticidad para elaborar reflexiones distintas sobre el cuerpo y la subjetividad. Desde la filosofía, las neurociencias y la antropología, distintas feministas han ido construyendo, en conjunto, un pensamiento en que la plasticidad es celebrada y vista con optimismo, pues aparece como una aliada de los ideales y la lucha feministas.

La plasticidad permite pensar el cuerpo sexuado como un objeto que posee, en su propia biología, la capacidad de la transformación, la maleabilidad, el cambio y la metamorfosis. De esta manera, en contra de lo que sostiene el determinismo biológico, el cuerpo sexuado no es algo que quede determinado de forma rígida desde la fertilización, ya que, más bien, es un proceso con momentos de indeterminación, diferenciación y cambio, los cuales, en muchos casos, dependen del contexto, el entorno y la historia social e individual que da forma al cuerpo.

Distintas neurocientíficas dentro de la NeuroGenderings Network (una red internacional que agrupa a investigadoras e investigadores centrades en un estudio científico crítico del cerebro dentro del campo de las neurociencias) han visto en la plasticidad cerebral un fenómeno que desmiente la ideología y los prejuicios sexistas disfrazados de neurociencia, como el que sostiene que existen dos tipos de cerebros: uno masculino y uno femenino, inmutables y con capacidades distintas. La tesis del cerebro mosaico es la más aceptada dentro de las neurociencias y tiene como base explicativa a la plasticidad; desde aquí, se afirma que no hay dos, sino una infinidad de tipos cerebrales debido a que los patrones de sinapsis son consecuencia de las historias y experiencias individuales de cada cerebro. Por otro lado, dentro de la antropología, la bióloga Sarah Hrdy ha documentado estudios que muestran que los niveles de hormonas sexuales, como la testosterona y la prolactina, varían en los cuerpos de los hombres, y también en otros primates machos, dependiendo si realizan o no tareas de cuidado, rompiendo con la idea de que es la fisiología de los hombres la que determina que estos se encuentren alejados del trabajo del cuidado. La plasticidad fisiológica explica estas variaciones hormonales dependiendo de la tarea que realice un cuerpo. Igualmente la bióloga y filósofa Siobhan Guerrero, recuperando las ideas del biólogo y ecólogo evolutivo Aldo Poiani, ha señalado que la plasticidad cerebral es lo que explica la plasticidad en el comportamiento sexual de muchos grupos de primates en los cuales existen conductas homosexuales, contrario a las explicaciones heteronormativas que ven en la homosexualidad algo anómalo o patológico.

El combate al machismo científico no es lo único que ha estado detrás de la adopción de la plasticidad por parte del feminismo: también ha estado el combate al discursivismo, el antirrealismo y el antimaterialismo. Según el Nuevo Materialismo Feminista (NMF) la plasticidad hace posible que el feminismo y la ciencia formen una alianza inédita que permita dejar atrás los enfoques posmodernos para los cuales la realidad material del cuerpo quedaba reducida a los entramados del poder y del lenguaje. En una integración de la filosofía de la performatividad del género de Judith Butler con una perspectiva materialista tecnocientífica, la plasticidad permite hablar de la realidad y la materialidad del cuerpo sexuado y, al mismo tiempo, reconocer su historicidad, devenir y construcción que ya no es solamente simbólica, sino también material. En este sentido, el cuerpo sexuado, por su carácter plástico, adquiere propiedades que anteriormente sólo eran atribuidas al género, como su vínculo con la cultura, las normas sociopolíticas y la subjetividad. La plasticidad explica que la cultura, la sociopolítica y la subjetividad tienen algún tipo de efecto sobre la constitución del cuerpo, no por un acto de misticismo o idealismo, sino porque el cuerpo biológico no es ajeno a las maneras múltiples en que los entornos sociales, ecológicos, culturales y tecnológicos lo transforman y modifican continuamente.  

Por lo anterior, no es de sorprender que, al igual que como ha ocurrido dentro de la biología, la plasticidad en el feminismo haya quedado asociada a valores políticos progresistas como la libertad, la pluralidad y la autonomía. La plasticidad del cuerpo sexuado es vista como una naturaleza que, al contraponerse a cualquier inmutabilidad y determinismo biológico sexual del cuerpo y la subjetividad, desprende y justifica la liberación y autodeterminación de todos los cuerpos: mujeres y hombres cis, LGBT, cuerpos trans e intersex. Así como la biología es plástica y está sujeta a las contingencias de la historia, igualmente la subjetividad, la reproducción y la sexualidad de las mujeres y los hombres no tienen por qué quedar atadas a la rigidez de la cisheteronormatividad, ya que son maleables y sujetas al cambio de las condiciones sociohistóricas. Así como la plasticidad introduce la variabilidad y la diversidad en las poblaciones biológicas, también las variaciones sexuales en la forma del cuerpo, el comportamiento y el deseo son parte de la plasticidad y diversidad humanas. Y así como las células pueden cambiar su propia identidad por procesos de plasticidad, igualmente las personas trans se apoyan en la plasticidad sexual al cambiar sus identidades y modificar sus cuerpos con ayuda de tecnologías distintas. La maleabilidad que adquiere el cuerpo en la digitalidad gracias a la plasticidad de la IA también ha permitido a muchas personas cis y trans explorar escenarios y fantasías en las que el cuerpo y la identidad adquieren otra forma sexuada, otra sexualidad y otro género.

De esta manera, la plasticidad en el feminismo aparece ligada a un horizonte político de justicia, libertad, transgresión y deconstrucción de la ideología y los discursos cisheteronormativos y machistas. La plasticidad, de acuerdo con Malabou, introduce la posibilidad del cambio sociopolítico, en vez de una conformidad con una especie de inmutabilidad del orden presente.

La plasticidad y sus distopías (anti)feministas

Junto a esta imagen utópica de la plasticidad, con los años ha emergido otra imagen con la cual convive como si fuera su reverso distópico. Esta última, tal como la primera, no es menos real, ya que en algunos casos captura un presente ampliamente extendido. Aquí la plasticidad no aparece vinculada a la libertad, la justicia y la autodeterminación de las mujeres y las minorías sexogenéricas, sino todo lo contrario: a su dominación, su explotación y la preservación de la desigualdad y la proliferación de la ignorancia. La captura y colonización de la plasticidad por las lógicas del capitalismo neoliberal, el neoconservadurismo y algunas formas de negacionismo científico ha construido escenarios radicalmente opuestos a los que ha soñado una parte del feminismo.

El vínculo entre plasticidad y capitalismo ha sido planteado por distintas autoras y autores para los cuales la transformación y maleabilidad constante del cuerpo y la subjetividad funcionan como metáfora e ideología del neoliberalismo y su apología de la flexibilidad y la adaptación constante a la explotación del mundo del trabajo desregulado. Pero también, como han señalado otras voces, la plasticidad ha sido un recurso científico-tecnológico para la profundización de la explotación y dominación capitalista. Autores como la socióloga Hilary Rose y el neurocientífico Steven Rose han estudiado cómo proyectos neurocientíficos de gran envergadura y presupuesto —como el Proyecto Cerebro Humano en Europa, con una fuerte inversión de la Unión Europea, o el proyecto BRAIN en Estados Unidos, financiado por la agencia federal estadounidense, el Instituto Nacional de Salud y las fuerzas armadas— han tomado como objeto de estudio la plasticidad cerebral con el fin de conocer mejor el cerebro y generar curas posibles a distintos padecimientos y enfermedades, así como producir mayores ganancias económicas.

El desarrollo de medicamentos psiquiátricos, por un lado, y de máquinas que emulen con sus algoritmos la plasticidad de las neuronas y las capacidades del cerebro y la mente humana —lo que ahora conocemos como IA—, por el otro, han sido algunas de las motivaciones centrales de estos proyectos tecnocientíficos por razones económicas. Lo primero permite lidiar con el coste económico y laboral que representa el aumento de enfermedades mentales en la clase trabajadora de todo el mundo; mientras que lo segundo permite optimizar los procesos de trabajo, desplazar a la fuerza laboral por máquinas plásticas y desarrollar innovaciones dentro del ámbito militar.

En estos casos, la ciencia y la tecnología de la plasticidad han tenido efectos distintos sobre las vidas de las mujeres. Por un lado, se ha buscado emplear para someter a los cuerpos fatigados de las mujeres trabajadoras a la lógica de la optimización neoliberal con la finalidad de no interrumpir los ritmos de trabajo y ganancia capitalista: recordemos que las mujeres son la población que presenta mayores padecimientos mentales a nivel mundial y que, igualmente, es mayoría como fuerza de trabajo asalariado y doméstico. Por otro lado, podemos ver cómo la plasticidad de la IA ahora está produciendo un mayor desempleo, que precariza la vida de millones de mujeres, a la par que participa de la tecnología militar y de vigilancia que está haciendo posible que el imperialismo y el colonialismo cometan un genocidio que ha acabado con la vida de miles de mujeres y niñes en Palestina.

En otro escenario, la industria cosmética se ha beneficiado del auge del culto al cuerpo y su transformación mediante la mercantilización de distintas técnicas, tecnologías y tratamientos, como la cirugía plástica o aquellos productos que han convertido a la tecnociencia de la plasticidad, como las células madre, más en una estrategia de marketing que en un efecto. Esta mercantilización no ha avanzado sin que haya unas cuantas mujeres cuyo privilegio de clase les permite adquirir los procedimientos de moda, mientras que para otras modificar su cuerpo es un lujo o sólo un sueño. La hipermodificación del cuerpo es una forma nueva que toma la desigualdad entre las clases sociales: retomando a Silvia Federici, las desigualdades socioeconómicas del capitalismo hacen que las diferencias entre los cuerpos se vuelvan cada vez más abismales.

Contrario a los deseos de muchas feministas, que imaginaron a la plasticidad como sinónimo de diversidad corporal y de formas creativas de transformación tecnológica del cuerpo, ésta ha quedado funcionando para el enriquecimiento mercantil y la reproducción de ideales de belleza normativos (centrados en la juventud, la delgadez y la blanquitud) que siguen pesando sobre los cuerpos y las mentes de las mujeres, pero también de las diversidades sexogenéricas y de los hombres. Probablemente el auge del medicamento Ozempic para tratar la gordura y renovar el culto al cuerpo delgado ejemplifica de mejor manera cómo la maleabilidad de la forma del cuerpo puede ir en contra de los movimientos que buscaban reivindicar el respeto, la aceptación social y el deseo por formas corporales no normativas en las mujeres, como el movimiento BodyPositive.

Así como en algunos casos la plasticidad de la IA permite una mayor homogenización, estandarización y optimización de los procesos de pensamiento y trabajo humano, la producción artística y los paisajes estéticos de nuestra realidad virtual; aquí la plasticidad se torna en homogenización, estandarización y optimización estética, normalización y disciplinamiento patriarcal de la forma del cuerpo sexuado, y la erradicación de la diferencia, la imperfección y la desviación. Esto es algo que por décadas ha denunciado el activismo intersexual, pero también el feminismo y el transfeminismo. 

Pero quizá el escenario más inesperado de la plasticidad es aquél en que ésta ha sido capturada por el neoconservadurismo. El auge del looksmaxxing dentro de las comunidades virtuales de la manósfera muestra cómo la cirugía plástica y las tecnologías hormonales para moldear la forma del cuerpo sexuado pueden formar parte de un imaginario reaccionario y autoritario que reafirme el masculinismo, la heteronormatividad y la subordinación sexual de las mujeres. Las tecnologías de la plasticidad son concebidas por muchos hombres heterosexuales jóvenes como un medio para valorizar la masculinidad de sus cuerpos y acceder a un capital sexual que les permita ejercer una sexualidad regida por la competencia y la misoginia, en que las mujeres son vistas como recursos dentro de un mercado sexual. Igualmente la maleabilidad del cuerpo digital está produciendo nuevas formas de violencia misógina a través de la producción de imágenes sexualizadas de mujeres sin su consentimiento, como recientemente ocurrió con la IA Grok. La plasticidad aparece aquí rodeada de valores políticos completamente opuestos a la libertad de los cuerpos de las mujeres o la deconstrucción de los discursos heteronormativos, como lo había pensado el feminismo.

En un sentido similar, desde el NMF, algunas feministas, como Elizabeth Grosz, han elaborado discursos que reivindican la plasticidad del cuerpo femenino, mientras que las formas de plasticidad de los cuerpos trans son vistas como menos legítimas, formas de violencia sobre la naturaleza o la diferencia sexual, o una negación del materialismo y la biología. Es difícil no notar cómo estos discursos resuenan con los discursos de odio fascistas que, desde otros sectores del feminismo adherente al movimiento antigénero, son emitidos contra las personas trans para representarlas como una amenaza contra los cuerpos de las mujeres o una expresión irracional del subjetivismo y la emoción que niega la realidad biológica. Aquí la plasticidad no aparece para defender la diversidad corporal y la autodeterminación de las personas trans, sino para buscar su eliminación y exclusión.

Lo anterior no es privativo de las apropiaciones culturales de la ciencia, ya que, en su interior, existen igualmente esfuerzos de científicos por traducir la plasticidad cerebral en terapias reparativas para personas homosexuales. Annelies Kleinherenbrink ha señalado que el énfasis en la experiencia y la crianza que se desprende de las investigaciones en plasticidad cerebral es visto como una oportunidad por parte de investigadores conservadores para intentar cambiar la orientación sexual bajo el supuesto de que es un rasgo que está determinado por el desarrollo y no por la genética.

Por último, es importante mencionar que la plasticidad también está promoviendo desinformación, ignorancia, embrutecimiento y formas de negacionismo científico; algo totalmente contrario a la defensa de la ciencia, la verdad y el pensamiento crítico que muchas feministas veían en la plasticidad. En un caso, la plasticidad de los algoritmos de la IA son la base de la maquinaria de desinformación y producción de ignorancia que actualmente inunda nuestras vidas virtuales para avanzar el antiintelectualismo, la distracción embrutecedora, la pérdida de capacidades críticas y la viralización de las teorías conspirativas de la ultraderecha. En otro caso, algunas feministas que recuperan al NMF han terminado por invocar una comprensión oscura y opaca de la plasticidad, donde no parece claro que todo lo que se sostiene en las teorizaciones de las humanidades y los estudios de género sobre el cuerpo plástico necesariamente se siga a partir del conocimiento científico que actualmente disponemos sobre la plasticidad. Así pues, parece que, en algunas teorizaciones, la plasticidad se ha vuelto una nueva manera de reintroducir un pensamiento culturalista y mentalista, a veces de formas que parecen romper con un pensamiento fisicalista y materialista, en donde el cuerpo plástico es definido en su constitución material simplemente por las marcas que le imprimen las normas sociales y la cultura patriarcal.

Desde estas posturas se ha afirmado que toda diferencia sexual en animales humanos y no humanos es producto de la política, la cultura y la historia social humana, negando mucho de nuestro conocimiento biológico, evolutivo y antropológico sobre el cuerpo sexuado. La adversidad del momento político neoconservador actual no tendría por qué llevarnos a crear artefactos conceptuales aparentemente útiles en términos políticos, pero carentes de respaldo científico. Reconocer la plasticidad de las diferencias sexuales no implica negar su historia evolutiva. De igual manera, reconocer las diferencias sexuales tampoco tiene que ser un problema para construir la igualdad social entre mujeres, hombres y personas no binarias.

La plasticidad y la esperanza

Quisiera terminar simplemente diciendo que la plasticidad, en tanto ciencia, tecnología y concepto dentro de la filosofía y las humanidades, no tiene que ser desacreditada debido a su imagen distópica en el contexto del capitalismo neoliberal, el neoconservadurismo y las formas de negacionismo de la ciencia. La plasticidad aún tiene un valor tecnocientífico, teórico y filosófico útil para la emancipación y la lucha por la liberación de los cuerpos explotados y oprimidos. El feminismo ha explorado apenas sus posibilidades dentro de ciertos marcos liberales. Es importante retomar este proceso y extenderlo para volver a la plasticidad una aliada no sólo de las libertades sexuales, sino también de la lucha contra el capitalismo y por una sociedad —desde mi perspectiva socialista— en donde las formas múltiples de plasticidad sean puestas al servicio de satisfacer las necesidades materiales y espirituales de todes, de la expansión de la ciencia y el conocimiento, la cultura, el tiempo libre y la afirmación de la diversidad humana.


  1. Profesora. Bióloga, maestra y candidata a doctora en Filosofía de la Ciencia por la UNAM. ↩︎

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