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Las marcas corporales como metáforas en el mundo contemporáneo

Mirna Isalia Zárate Zúñiga

Nuestra vida comprende un conjunto de emociones que se experimentan en la psique y en el cuerpo, dos ámbitos que, aparentemente, buscan corresponderse. Y aunque no todas las emociones dejan marcas físicas, algunas personas deciden encarnarlas en su piel. Se trata de una herencia ancestral: entender al cuerpo como un caudal de referencias vitales.

Por: Mirna Isalia Zárate Zúñiga 1

Pensar en el cuerpo nos lleva a reflexionarlo más allá de un simple contenedor orgánico, pues, como seres humanos, somos productores de una corporeidad que involucra tanto aspectos socioculturales como simbólicos. Esta característica nos adentra en una perspectiva fenomenológica que permite estudiar a las personas desde sus propias percepciones, memorias, experiencias y relaciones de poder. Desde el cuerpo, cada sociedad y cultura nos muestra sus distintas maneras de presentarse en el mundo, es decir, constituye un instrumento de comunicación que articula diversas prácticas que dan forma a la identidad de los grupos sociales. Un recurso milenario ha sido el papel que juegan las modificaciones corporales —entre otros elementos, a través de pinturas, tatuajes, marcas, perforaciones o expansiones— que, de manera temporal o permanente, inscriben diversos sentidos y significados sociales, religiosos u ornamentales (Zárate, 2011). Dichas acciones van configurando las normas políticas y sociales que se encarnan en nuestros cuerpos: desde saberes, creencias, hábitos o códigos de producción y reproducción, hasta gestos, posturas, costumbres e historias de vida.

Con el paso del tiempo, las modificaciones corporales también se convirtieron en un recurso de resistencia en el mundo occidental, pues algunas ideas progresistas marcaron hitos en la era moderna, momento en que los cuerpos tenían que ser disciplinados bajo ciertas reglas sociales que imponían formas de vestir y de producirse. De esta manera, el cuerpo fue partícipe de un mecanismo de consumo que, ya para el siglo XIX, se fue acrecentando como parte de un sistema de distribución y comercialización en masa. Dicha dinámica dio pie a que, en el siglo XX, aquel paradigma global se tratara de modificar con el surgimiento de ciertos grupos posmodernos quienes propusieron ideologías, experiencias y formas de vida nuevas que permitieran reinventar sus cuerpos.2

Los rituales de modificación corporal fueron revividos y adoptados por estos grupos. No sólo se buscaba recuperar la autonomía del cuerpo, sino una experiencia sensorial y espiritual mediante el dolor, con la finalidad de darle un peso simbólico. En este sentido, el dolor realza la importancia del momento vivido en un proceso diacrónico, pues, para algunas personas, las modificaciones corporales ayudan a resignificar las vivencias del pasado, formando parte de ritos de reacomodo en que, a través de las huellas dejadas en el cuerpo, se logra concluir la experiencia con una presencia significada que represente un cierre de ciclo y una restauración del tejido social (Zárate y González, 2022).

Durante la investigación que se llevó a cabo entre 2008 y 2011 en la Ciudad de México y su zona metropolitana, se tuvo la oportunidad de tener acercamientos y conversaciones con personas aficionadas a las modificaciones corporales.3 A través de sus narrativas, este estudio permitió rescatar cuáles fueron las emociones, pasiones, sensaciones y sentimientos que los llevaron a modificar sus cuerpos, además de comprender cuáles son los sentidos y significados que hay detrás de cada una de sus marcas. Desde este análisis se identificaron dos dimensiones: por un lado, la representación mediante un conjunto de imágenes, perforaciones o marcas que nos aproximan a la parte tangible del cuerpo; y, por otro lado, la vivencia proyectada a través de símbolos y metáforas que forman parte de lo intangible —es decir, las subjetividades— como factor en la reinterpretación de la experiencia personal.

De estas experiencias se pudo apreciar que algunas personas articulan en sus cuerpos un discurso metafórico que, por medio de ciertas marcas, asocia el dolor con la vivencia significada y representada, además de ser plasmadas en zonas del cuerpo a las cuales también se les atribuyen significados. Algunas mujeres, por ejemplo, manifestaron elegir el pecho por ser la región corporal en que se encuentra el corazón. Por esta razón, consideran que fue el espacio indicado para simbolizar emociones principalmente de tristeza, alegría, amor y libertad. Al respecto, Mónica, con 23 años al momento de la entrevista, comentó: “[…] cuando me hice el tatuaje que dice Carrillo —mi primer apellido— aquí en el pecho, fue porque aquí están todas las emociones que representan a mi papá: alegría, amor, a veces tristeza, a veces sentimientos encontrados”. Otra entrevistada, Karla, de 31 años, mencionó: “[…] aquí en el pecho tengo un corazón con alas y siempre he pensado que mi corazón debe volar y nunca dejar que se las corten, debe estar libre y llegar hasta donde él se sienta feliz, por eso también me lo puse en el pecho para recordarlo”.

A diferencia de las mujeres, otros dos entrevistados marcaron sus pechos con un branding y una escarificación, modificaciones más dolorosas que los tatuajes para representar duelos y pérdidas familiares. Mikel, de 39 años en ese momento, dijo: “[…] recurrí al dolor para autocastigarme por no haber estado presente en los últimos días de vida de mi hermano y decidí hacerme un branding como un recordatorio y porque aquí sentía esa emoción”. Por su parte, Pedro, de 35 años, comentó elegir el pecho y hacerse una escarificación porque ahí sentía un dolor y una emoción que aún cargaba por la muerte de sus abuelos. Joseph Campbell (1991) señala que todas las cosas son el efecto de una fuerza de la cual surgen. A esta fuerza, que se le llama energía, para los hindúes es shatki; para los melanesios, manás; para los chinos, chí; y para los cristianos, poder de Dios. Desde estas perspectivas, el corazón es el sitio donde actúan las emociones, las intuiciones, los impulsos, el amor y las sensaciones físicas de nuestro cuerpo.

Otra entrevistada platicó haber tenido una experiencia de aborto que la hizo sentir culpable y deprimida por mucho tiempo. Este evento la llevó a realizarse un tatuaje de una calavera en la espalda para simbolizar el peso que cargaba y que tenía que aminorar para cerrar ese ciclo (comunicación personal con Denisse, 2010).

A su vez, los pies también representan partes del cuerpo donde se sostiene y se equilibra a la persona, además de estar en contacto con la tierra. Dos entrevistadas señalaron realizar tatuajes en sus pies para simbolizar las responsabilidades que, en sus vidas, tenían que asumir con firmeza para seguir caminando hacia adelante. Denisse mencionó: “[…] en los tobillos y parte del empeine, tengo dos tatuajes, uno de cada lado, y son unas alas de mariposa, esos me los hice recién que me separé del padre de mi hija, me sentía triste, pero a la vez liberada, entonces pensé libertad, pero con los pies en la tierra, porque tengo una hija y no debo perder el equilibrio”. A su vez, Karla mencionó: “[…] cuando inicié mi negocio, me hice un tatuaje, tiene dos elementos arriba, el aire y el agua, le puse también unas flores y aquí abajo sobre el empeine trae el fuego y la tierra para simbolizar que siempre estoy firme en la tierra y voy siempre adelante, y si me caigo pues me levanto”.

Por su parte, en otra narrativa, se mencionó escoger los tobillos para realizar dos tatuajes de pulseras. Cada una representa a su madre y a su padre y simboliza que ambos han sido importantes por el apoyo que le han dado en su vida: “[…] en estas dos pulseras puse los nombres de mis papás y pedí que los tatuaran con la caligrafía con que escribían” (comunicación personal con Sandra, 2010). Estos testimonios revelan que los pies son zonas del cuerpo en los que se asientan sentimientos de seguridad e independencia, y que el contacto con la energía de la tierra les daba fuerza, impulso y estabilidad.

Algunos tatuajes en otras personas también configuraron rituales curativos para plasmar comienzos y finales que permitieron trascender sus experiencias. En los testimonios de hombres y mujeres, se notó principalmente el uso de ciertos diseños para representar desilusiones amorosas: “[…] aquí en los brazos tengo tatuados varios corazones y cada que termino una relación, siento como que me hace falta uno nuevo, después de que dejé de vivir con mi expareja, me sentía triste y pues dije: ‘me voy a hacer un corazón para complementar el que tengo’” (comunicación personal con Karla, 2009). Otra persona reveló: “[…] los tatuajes de zombi y otro demonio que tengo aquí con varias cabezas son más apegados a las relaciones que dejé y representan dejar ir algo que ya se murió, para mí los tatuajes son para cerrar ciclos, pero de todos modos está ahí la cicatriz de algo que viviste” (comunicación personal con Octavio, 2010).

En cuanto a los duelos relacionados con pérdidas de personas cercanas, algunas mujeres señalaron que una manera de trascender el dolor era dejando una marca que les permitiera tenerlos siempre presentes en el recuerdo: “[…] el calendario azteca representa el tiempo que yo comparto en el mundo con mi familia, amigos, gente que acabas de conocer y que luego ya no están aquí, yo no cierro un ciclo, para mí siguen presentes en el recuerdo” (comunicación personal con Mónica, 2009). De igual modo, alguien comentó: “[…] en mi caso no quiero tener en mi cuerpo tatuajes que me causen dolor, tengo estas flores aquí en mi brazo que representan a mi familia muerta, mi tío, mi abuela y cada flor traté de que se viera alegre, porque ellos, cuando vivían, eran personas muy alegres” (comunicación personal con Karla, 2010).

Imagen 1: tatuaje en brazo con motivos florales.

Además de los duelos, otros entrevistados hablaron de distintas experiencias con las que concluyen ciclos de enfermedades, pérdidas materiales y fracasos personales. Uno de ellos platicó sobre una enfermedad crónica que padeció en su niñez y que, después de sufrir muchos años, lo llevó a perder un riñón: “[…] el tatuaje que tengo en el costado de la costilla derecha me lo hice encima de la cicatriz de la cirugía, le puse un cierre encima para simbolizar que me abrieron el cuerpo, pero ahora ya cierro ese ciclo, no me gustó el diseño y ahora lo taparon con un diseño que es como una herida cosida y simboliza todos esos años de hospitales, el no saber qué tenía, si iba a vivir o a morir” (comunicación personal con Charlie, 2010).

Otro entrevistado habló de varias pérdidas y fracasos profesionales, de los cuales ha logrado sobreponerse; argumentó que esas experiencias le dieron muchos aprendizajes que vale la pena dejar en su piel: “[…] el tatuaje más representativo que tengo es el ave fénix de la espalda, porque renace del fuego con más fuerza, hay varias veces que he caído, me he levantado, como el hecho de tener mi estudio, mi equipo y perderlo todo y volver a empezar. Decidí hacérmelo en la espalda porque es una experiencia con la que cargaba y ahora me libero” (comunicación personal con Ulises, 2010).

Imagen 2: tatuaje en espalda con motivo del Ave Fénix.

Como conclusión, en los relatos descritos se pudo observar cómo el dolor fue una vía para restaurar el pasado. De esta forma, se permite una trascendencia que puede expresarse como una experiencia indi­vidual representada en el cuerpo, dejando un sello distintivo con los otros (Zárate, 2011). Este proceso conforma las experiencias que, de acuerdo con Turner (2002), irrumpen en nuestra cotidianeidad, ya sea con sacudidas de dolor o de placer. El dolor impone, de esta manera, un paradigma nuevo en el cuerpo: por medio de estas modificaciones corporales, se conforman identidades y referentes significativos de pensamientos, emociones y formas de percibir el mundo vivido. Además, algunas personas de este gremio comparten un sistema de creencias en que el dolor se toma como un referente para canalizar emociones y generar una eficacia en la sanación, donde finalmente los símbolos ejercen poder en la vida social.

Referencias:

  • Campbell, J. (1991). El poder del mito. Emecé Editores.
  • Pera, C. (2006). Pensar desde el cuerpo: ensayo sobre la corporeidad humana. Triacastela.
  • Turner, V. (2002). Dramas sociales y metáforas rituales. En I. Geist (Comp.), Antropología del ritual. INAH.
  • Zárate Zúñiga, M. (2011). La significación del dolor en las modificaciones corporales [Tesis de Licenciatura, Escuela Nacional de Antropología e Historia]. https://repositorio.inah.gob.mx/o-533
  • Zárate Zúñiga, M. y González Lozano, D. (2022). Usos sociales del dolor en las diversas culturas y sus representaciones en prácticas y modificaciones corporales actuales. Narrativas Antropológicas, 3(6), 29-42.

  1. Antropóloga e investigadora. ↩︎
  2. Entre ellos, los precursores fueron los llamados “modernos primitivos” (representados por Fakir Musafar), quienes surgieron en la década de los 70. Ya en los 80, comenzaron a surgir otros grupos juveniles (punks, góticos, skates, skinheads, cholos, entre otros), quienes hicieron uso de distintas modificaciones corporales como formas de expresión e identidad. ↩︎
  3. Los nombres de estas personas fueron cambiados para resguardar sus identidades. ↩︎

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