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Formas del cuerpo: representaciones, experiencias y transformaciones

Número 7 (agosto 2026)

Una persona perece, pero su cuerpo, ahora inanimado, no cesa de significar. Si profesó la fe de Zoroastro, será considerado una fuente de impureza para la tierra, así que se lo llevará a la cima de una montaña, donde los buitres se encargarán de él. Todo lo contrario ocurrirá si, en vida, practicó la religión judía: como muestra de respeto, será inhumado en un cementerio exclusivo de su pueblo. En caso de que haya pertenecido a una etnia nórdica, lo más probable es que sea incinerado para buscar su transformación y, sobre todo, su liberación. Algo similar sucederá si el cuerpo correspondió a un hombre moderno: probablemente será cremado, aunque el procedimiento no responderá a un acto liberador, sino a un argumento de higiene y eficiencia.

La manera de tratar a un cadáver revela la postura frente al cuerpo y, por extensión, frente a la persona. Por esa razón, los ritos funerarios, las restricciones que deben observar los deudos y hasta la propia la arquitectura —sea una morgue o una pirámide, un cenotafio o una cripta— reflejan con tanta claridad las inquietudes que tiene la sociedad frente a los límites del cuerpo. De las dimensiones más expuestas a las intuiciones más veladas, el cadáver queda como un remanente de sentido o, por un decir más poético, como una inercia del lenguaje. No es para menos: la muerte grita lo que en vida se calla. 

Pero más allá de cuestiones mortuorias, lo sorprendente es que el cuerpo, sea el del muerto o el del vivo, no deja de encarnar los preceptos de la cultura que lo rodea. Solemos pensar que habitar el cuerpo es una experiencia privada, individual, aunque algunos sentimientos como la culpa o el pudor siempre estarán allí para contradecirnos. La experiencia corporal es, en muchos aspectos, un acto colectivo que se encuadra socialmente y que, desde luego, puede tomar formas muy diversas. Mientras el neoplatónico entiende al cuerpo como una partícula de Dios, el liberal lo piensa como una propiedad individual. Cuando el moderno se asea por higiene, el islámico lo hace pureza. Donde el reformador ve placer, el tradicional ve pecado. 

El cuerpo es, en fin, una fuente de sentido. Quizá no tanto porque allí se desprendan todas las respuestas, sino por ser el vehículo para dialogar con lo ajeno. Lo divino, el tiempo, la muerte: en el camino sinuoso que plantea cualquier incógnita profunda, el cuerpo siempre es el primer paso.

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