La imagen que se tiene del cuerpo está en un diálogo constante con el pasado, cuyos recuerdos pueden evocar momentos gentiles, aunque también desazones, inquietudes y disgustos. Eso explica por qué, en muchas ocasiones, el rechazo hacia el propio cuerpo surja como una necesidad de protección ante algo que no se desea volver a ser. La autora lo llama “el yo rechazado”.
Por: Natalia Seijo 1
Hay un momento, frente al espejo, en el que algo no encaja. La persona que mira no reconoce del todo lo que ve. No es que el espejo mienta —el espejo nunca miente—: es que hay otra imagen, más antigua y poderosa, que se superpone a lo que realmente está ahí. Esa imagen no viene de los ojos. Viene de otro lugar: de lo que nos dijeron que éramos, de lo que tuvimos miedo a ser, de lo que un día decidimos no volver a ser nunca más.
Llevo años acompañando a personas que viven exactamente esta escisión. En mi trabajo con los trastornos alimentarios y la dismorfia corporal he aprendido que el cuerpo no es sólo una superficie que se mira: es un territorio donde se depositan historias que no encontraron otro lugar donde ir. Por eso, cuando pienso en las «formas del cuerpo», no puedo pensarlas sólo como formas visibles. Pienso, sobre todo, en la distancia entre la forma que el cuerpo tiene y la forma que la mente insiste en sostener.
La imagen corporal no es lo que vemos, es lo que recordamos sentir
Una de las primeras definiciones de «imagen corporal», formulada por Paul Schilder en 1935, la describe como la representación mental que cada persona construye de su propio cuerpo: la forma en la que nos vemos a nosotros mismos. Es una definición sencilla, casi inocente. Pero detrás de ella hay una complejidad enorme, porque esa representación nunca se construye en soledad. Se construye con otros: con las miradas que recibimos, con las palabras que se dijeron sobre el cuerpo cuando todavía no se podía proteger de ellas, con los silencios que también, a su manera, expresaron.
La imagen corporal, en este sentido, no es un mapa neutral. Es una superficie donde quedan las huellas de todo lo anterior, escrita varias veces, donde las capas más antiguas (miedo, vergüenza, exigencia, comparación) siguen siendo visibles. Cuando trabajo con personas que sufren un trastorno alimentario y de la imagen corporal, no estoy trabajando sólo con un cuerpo que se rechaza. Estoy trabajando con todas las voces que, en algún momento, le dijeron a ese cuerpo cómo debía ser para merecer existir sin ser cuestionado.
Por eso me resulta insuficiente hablar de la imagen corporal únicamente como percepción. La percepción se corrige con información: basta con mirar bien. Pero lo que ocurre en la distorsión de la imagen corporal no se corrige mirando, porque no es un problema de los ojos. Es un problema de memoria corporizada. El cuerpo presente compite con un cuerpo recordado, y casi siempre pierde.
El yo rechazado: cuando una parte de nosotros se queda en la sombra, fuera del cuerpo
A lo largo de mi trabajo clínico he ido dando nombre a algo que aparece, con una regularidad sorprendente, en el mundo interno de las personas con trastornos alimentarios y de la imagen: una parte que llamo «el yo rechazado». Es la parte que sostiene la distorsión corporal, y su lógica interna se puede resumir en una sola frase, que escucho de maneras distintas en consulta una y otra vez: no quiero volver a ser como fui nunca más.
Esta parte no es caprichosa ni infundada. Nace, casi siempre, de una experiencia de vergüenza, rechazo o de exposición dolorosa relacionada con el cuerpo: una burla, una comparación, un comentario que se quedó grabado con más fuerza que mil palabras de cariño. A partir de ese momento, el cuerpo deja de ser simplemente un cuerpo y empieza a ser también un símbolo: el símbolo de aquello que un día hizo daño y que ahora hay que vigilar para que no vuelva a ocurrir.
El yo rechazado cumple, en realidad, una función protectora. Mantiene a la persona alerta frente a la posibilidad de volver a ser esa versión de sí misma que un día fue herida. El problema es que esta protección tiene un coste altísimo: para no parecerse nunca más a esa imagen temida, la persona necesita vigilar constantemente su cuerpo actual, comparándolo sin tregua con un cuerpo que, muchas veces, ni siquiera existió tal y como se recuerda. La imagen distorsionada no es, entonces, un error de cálculo. Es una cicatriz que sigue actuando como si la herida estuviera abierta.
Esto explica por qué los argumentos racionales, como «no estás gorda», «te ves bien», «esa ropa te queda perfecta», rara vez modifican lo que la persona ve en el espejo. No estamos hablando con la parte que mira el espejo en presente. Estamos hablando, sin saberlo, con una parte que sigue viviendo en el pasado, defendiéndose de algo que ya ocurrió.
El cuerpo como narración, no sólo como representación
Si la imagen corporal es, como decía Schilder, una representación mental, entonces tiene algo de narración: una historia que el cuerpo cuenta de sí mismo, escrita por muchas manos a lo largo del tiempo. Y las narraciones, a diferencia de las fotografías, pueden reescribirse.
Aquí es donde mi trabajo terapéutico encuentra su sentido más profundo. No se trata de convencer a alguien de que su cuerpo está bien —esa estrategia, en mi experiencia, casi nunca funciona—, sino de ayudar a esa parte rechazada a contar su historia completa: qué fue lo que ocurrió, qué dolor cargó, qué la llevó a desconectarse del cuerpo presente para protegerse del cuerpo recordado. Cuando esa historia puede finalmente ser escuchada y procesada, algo cambia. No es que el cuerpo se transforme de la noche a la mañana en una fuente de paz, es que deja de ser, exclusivamente, un campo de batalla.
Esto me lleva a pensar las «transformaciones» del cuerpo de un modo distinto al habitual. No me refiero a transformaciones físicas como adelgazar, ganar músculo, envejecer, sino a una transformación más silenciosa y, a mi juicio, más radical: la de pasar de tener un cuerpo que se observa desde fuera, con la lupa implacable de quien busca defectos, a tener un cuerpo que se habita desde dentro, con la atención de quien simplemente vive ahí.
Identificar el cuerpo como propio. Aceptarlo como propio. Procesar las experiencias que en su momento provocaron la desconexión. Aprender, de nuevo, a sentirlo en lugar de sólo vigilarlo. Estos no son pasos estéticos: son, en mi experiencia clínica, el único camino real hacia una imagen corporal que no necesite estar en guerra permanente con quien la sostiene.
Hacia una forma habitable
Cuando pienso en las formas del cuerpo, me resisto a pensarlas como algo estático: una silueta, un contorno, una medida. El cuerpo no es una forma fija que hay que aceptar de una vez por todas, como si la aceptación fuera un punto de llegada definitivo. El cuerpo es, más bien, una forma que se transforma constantemente según el relato que lo sostiene: según quién lo mira, según qué recuerdos activa, según qué partes de nosotros mismos siguen, todavía, esperando a ser escuchadas y vistas.
El trabajo con la imagen corporal ya sea desde la clínica, desde el arte o desde la simple experiencia de habitar un cuerpo en el mundo consiste, en el fondo, en ampliar el relato que contamos sobre él. No silenciar al yo rechazado, sino dejar que cuente su historia. No negar la herida, sino dejar de organizar la vida entera alrededor de no repetirla.
Quizá ahí esté la forma más honesta del cuerpo: no la que se ve en el espejo en un instante, sino la que se construye, poco a poco, cuando todas sus partes, incluso las que un día decidieron esconderse porque mostrarse fue peligroso, encuentren finalmente un lugar desde el cual puedan ser miradas sin rechazo.
- Psicóloga especializada en trastornos alimentarios, psicosomáticos y enfermedades autoinmunes. Su trabajo clínico se centra en el tratamiento de la distorsión de la imagen corporal y el trauma complejo. Es autora del concepto «el yo rechazado» para el abordaje terapéutico de la imagen corporal en los trastornos alimentarios y en el trastorno dismórfico corporal. Asimismo, es autora del libro El Cuerpo tiene memoria, publicado por Pengüin Ed., 2024. ↩︎
Nota: los créditos autorales de la imagen de la portada corresponden a Luiggi Castillo [dar clic para conducir a su perfil de Pexels].

