En el capitalismo contemporáneo, algunas coyunturas actuales como la digitalización o la contaminación ambiental han producido un detrimento en la forma de percibir el entorno. No sólo eso: los efectos han perturbado la manera como nos relacionamos con los demás seres sintientes y con las cosas que nos rodean. Acaso allí se encuentre el perjuicio más delicado, que no radica tanto en perder la riqueza sensorial, sino la cohabitación con otros cuerpos que sienten.
Por: Olga Sabido Ramos 1
Escribo estas líneas con las sensaciones y olores todavía a flor de piel, después de tallerear una caminata olfativa en el Canal Nacional, un cuerpo de agua ubicado a un costado de la que fuera mi alma mater, la UAM-Xochimilco, en el sur de la Ciudad de México. La invitación se dio en el marco de la Casa de Lectura Navegante del Proyecto Lacustre Xochimilco, una iniciativa colectiva invaluable coordinada por Abel Ruiz Celín, sociólogo, periodista autodidacta y poeta aquanoide,2 quien sostiene esta inestimable propuesta. Aunque la convocatoria marcaba las 10 de la mañana, el reloj de una gran urbe como la Ciudad de México tiene una disciplina horaria muy distante de la puntualidad berlinesa de la que habló Georg Simmel, y arrancamos pasadas las 10:30 de la mañana.
Al andar registramos la atmósfera olfativa de este ensamblaje acuático y terrestre que rodea al canal. Avistamos algunas especies endémicas (pato mexicano, garza blanca, colibríes, tortugas, lagartijas); respiramos el olor a agua estancada; contemplamos las tuberías, la basura, una planta potabilizadora; apreciamos algunos ahuejotes (árbol emblemático del lugar), lirio acuático, lavanda. Hicimos contactos breves con otros transeúntes de diferentes edades que iban caminando, en bicicleta, con mascotas. Comimos ciruelas, uvas, arándanos, nueces y cacahuates envueltos en recipientes y bolsas de plástico, que las personas que participaron compartieron con calidez. Pero, sobre todo, nos escuchamos, y alrededor de cuatro horas nos conectamos corpóreamente con este otro cuerpo de agua.
He tenido la fortuna de ofrecer este taller en varios lugares, como el Memorial de Walter Benjamin en Portbou, España; las ciudades de Valparaíso y Osorno, en Chile; y de un extremo a otro de esta gran ciudad: la Reserva Ecológica ubicada en el campus de El Colegio de México, camino al Ajusco; y la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. En todos estos lugares no deja de sorprenderme que el olfato sea invariablemente uno de los sentidos más anestesiados. Sin embargo, experiencias colectivas (como poner los cuerpos en movimiento y dejarse llevar por los olores, tanto los esperados como los sorprendentes, o incluso, los desconocidos; reflexionar sobre el significado que tiene la falta de vocabulario para describirlos; así como sostener largas conversaciones sobre nuestra memoria olfativa y una cantidad innumerable de recuerdos y nostalgia) reivindican y ponen en el centro a este gran desterrado de la élite sensorial occidental encabezada por la vista y el oído.
El sentido olfativo y los olores como su referente son sólo una muestra de un fenómeno más amplio relacionado con cómo afectamos y somos afectados por el entorno. Si bien existen variaciones individuales en la forma de sentir, pues la experiencia es irreductiblemente singular, la sociedad opera de forma subrepticia en la manera en que aprendemos a comer, dormir e, incluso, respirar, como describió claramente Marcel Mauss. Y es que “el cuerpo está en el mundo social, pero el mundo social está en el cuerpo”, diría Pierre Bourdieu. El ámbito de la sensibilidad plantea la necesidad epistémica de articular la relación entre lo social y lo individual. Georg Simmel se refirió a la noción de forma para articular dicha relación. Me apropio de esa semántica relacional para proponer la categoría de formas sensibles, entendida como el conjunto de maneras en que nos enlazamos sensitivamente con otros seres sintientes y cosas.
En Sociología. Estudios sobre las formas de socialización (Soziologie: Untersuchungen über die Formen der Vergesellschaftung) (2014 [1908]), Simmel señalaba que las formas nos remiten a los condicionamientos recíprocos, acciones recíprocamente orientadas o intercambio de efectos (Wechselwirkung) entre las personas. Retomando esa intuición simmeliana, la idea de forma da solución a cómo lo social atraviesa el hecho de sentir. La noción de forma resulta sociológicamente fructífera si pensamos que, más allá de las sensibilidades individuales, existen vínculos sensibles con los otros, así como un ordenamiento social de lo que se siente. Las formas sensibles remiten a cómo las relaciones tienen un sustrato sensible, de tal forma que nos vinculamos no sólo como seres simbólicos, sino también sintientes. De ahí que podemos hablar de formas sensibles que van sedimentándose a lo largo del tiempo y que también se modifican y transforman.
Nuestro contacto con el mundo y con otros seres, sean humanos o no, es por norma un contacto sensible. Es decir, estar en el mundo significa que lo sentimos. Mas no sólo eso: también aprendemos a sentirlo. Desde la infancia, e incluso antes de ésta, nuestros cuerpos se habitúan a cierto tipo de sonidos, movimientos, olores, sabores y formas de contacto termoceptivo con el entorno. Los inuit (esquimales), por ejemplo, perciben una amplísima paleta de variaciones del color blanco, dado que sus prácticas de caza y construcción los han familiarizado con un contacto particular con la nieve (Le Breton, 2007). Por su cuenta, los chinamperos pueden predecir las lluvias o heladas: no porque tengan una termopercepción más desarrollada, sino porque, entre otras cuestiones, han aprendido a observar el comportamiento de las aves migratorias de su entorno.
Actualmente, el cambio climático y el calentamiento global están provocando que la nieve disminuya, lo cual tiene efectos en los saberes sensoriales de los inuit. Asimismo, las chinampas, como sistema ancestral agrícola, se ven amenazadas por el aumento de temperaturas y la escasez del agua, que dificultan, entre otras cuestiones, el trayecto de las aves migratorias. En paralelo, el aumento del uso del automóvil se ha disparado estrepitosamente: tan sólo en la Ciudad de México, el parque vehicular pasó de 2.5 a 6.4 millones en casi dos décadas. La circulación vehicular emite contaminantes como CO2 que contribuyen al incremento del efecto invernadero, a saber, al aumento de las temperaturas globales y la acidificación de los océanos (Hansson, 2022, p. 21). Los urbanícolas de las grandes ciudades también sobrecargan la vista con el mundo digital y la habituación a la pantalla. Ni qué decir de los decibeles a los que se ven sometidos. Es decir, nuestros paisajes visuales, sonoros, olfativos, gustativos y termoperceptivos están modificándose en los tiempos del Capitaloceno. Un látigo caliente azotó el mes de junio a Europa, aunque no a todos por igual, pues la clase social también se encarna.
El término “Antropoceno”, popularizado en el 2000 por Paul Crutzen, se ha usado para referirse a un nuevo periodo geológico en que las actividades humanas han transformado la tierra; mientras que “Capitaloceno” alude al impacto específico del capitalismo sobre el planeta, sus especies y la nuestra (Haraway, 2019, p. 83). Jérôme Baschet (2026) ha optado por referirse a un “régimen capitalocénico” para entrelazar conceptualmente tanto a una era geológica como una configuración sociohistórica, la capitalista, que erosiona la habitabilidad del y en el planeta. Para cuestionar la noción de Antropoceno, también la activista mapuche Moira Millán (2025) se ha referido al “terricidio” para trasladar la atención a la idea del exterminio del territorio y las formas de vida, culturas y saberes ancestrales de los pueblos originarios en manos del capitalismo.
El Capitaloceno, entendido como la radicalización del capitalismo que se apropia de la vida y en paralelo, mina las condiciones que la hacen posible: deteriora, e incluso anula, las condiciones de habitabilidad (Latour, 2021, p. 118) de todos los seres sintientes. Además, en las coordenadas históricas del Capitaloceno, se producen formas sensibles globales como el neuromarketing olfativo, empleado por diferentes empresas transnacionales de alimentos, perfumes, ropa, zapatos, tiendas de mascotas y distintas marcas comerciales (Swedberg, 2011) que pretenden vincular una experiencia de consumo con la memoria sensorial olfativa de las personas. La asociación de ciertos lugares o mercancías a determinados olores no resulta nada inocente, pues pretende colonizar nuestros recuerdos más entrañables. Por ejemplo, en 2018, la compañía norteamericana Hasbro anunció que había patentado el olor de la plastilina Play-Doh, el “olor de la niñez”, según ellos.
Si bien el olfato ha sido explotado con fines comerciales, el ocularcentrismo sigue siendo un régimen sensible con gran alcance. La revolución tecnológica y de la información ha implicado que la sociedad digital encumbre la producción y circulación de imágenes como nunca antes. En el marco de las redes sociodigitales, la mirada se convierte en un sentido que contribuye a la extracción de plusvalía visual (Illouz, 2020, p. 160), en la medida en que los cuerpos (principalmente femeninos) funcionan como “unidades visuales comerciables”. En ese contexto, Eva Illouz se refiere al capitalismo escópico, entendido como “un capitalismo que crea un valor económico formidable con la exhibición de los cuerpos y la sexualidad, con una transformación en imágenes que circulan por diferentes mercados” (ídem, p. 160). Así, la revolución tecnológica digital también crea nuevas formas sensibles entre las personas, imágenes y los artefactos tecnológicos.
Una de las narrativas frecuentes es que la sociedad digital exilia la materialidad del cuerpo. Sin embargo, como señala Fabien Lebrun (2026), la industria digital está intrínsecamente relacionada con la desertificación del planeta y la sed de la humanidad y las especies. Y esto es porque las tecnologías digitales requieren de una amplia cantidad de elementos minerales que consumen una gran cantidad de agua; además, el enfriamiento de los servidores que se utilizan en la inteligencia artificial demanda un consumo considerable del vital líquido (Lebrun, 2026). En ese sentido, Fabien Lebrun se refiere al “capitalismo seco” que presupone la alianza entre la extracción del agua y el mundo digital. Si a ello añadimos el impacto ambiental derivado del uso de materias primas, minerales y contaminación del agua por la fabricación de artefactos tecnológicos, se hace cada vez más difícil de sostener la vida. Así, paradójicamente, las formas sensibles del Capitaloceno demandan atención visual y sonora frente a las pantallas, pero, al mismo tiempo, contribuyen a la posibilidad de que, en un futuro, la nocicepción (el sentido interno que se encarga de la percepción del dolor, hambre y sed) se vea afectada por esta nueva forma de la sensorialidad capitalista.
Resulta interesante pensar en que se denomine “cuerpos de agua” a las formaciones de agua dulce o salada en la superficie terrestre o subterránea, si consideramos que el cuerpo humano tiene un porcentaje de 65 a 70% de agua, según la edad. Como decía Norbert Elias, es en la trinchera del lenguaje donde podemos empezar a tejer un pensamiento relacional que nos permita trascender el antropocentrismo. Y es que el lenguaje no sólo nombra la realidad, también la performa y hace posible concebir otras formas de cohabitación entre los cuerpos. Ante la amenaza del “capitalismo seco” (Lebrun, 2026), preservar los cuerpos de agua resulta vital no sólo por su valor cultural, histórico, ecológico y planetario, sino, además, por la riqueza sensorial que nos ofrecen y la posibilidad de cohabitación de todos los cuerpos sintientes.
Bibliografía
- Baschet, Jérôme (2026). Repensar a Emancipação a Partir do Desastre do Capitaloceno en Biscouto, Soleni; Nóvoa, Jorge; Ríos, Carlos Alberto; Vassort, Patrick; Oblin, Nicolás. (Comps.) A Vida Por Um Fio: Capitalismo Devastador e Resistências Libertadoras. São Paulo, Perspectiva.
- Hansson, Bill (2022). Cuestión de olfato. Historias asombrosas sobre el mundo de los olores, Barcelona, Crítica.
- Haraway, Donna (2019). Seguir con el problema. Generar parentesco en Chthuluceno. Consonni.
- Illouz, Eva (2020). El fin del amor. Una sociología de las relaciones negativas. Buenos Aires, Katz.
- Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) (2024). Parque vehicular, Instituto Nacional de Estadística y Geografía. Disponible en https://sinegi.page.link/MhLP.
- Latour, Bruno (2021). ¿Dónde estoy? Una guía para habitar el planeta. Madrid, Taurus.
- Le Breton, David (2007). El sabor del mundo. Una antropología de los sentidos. Buenos Aires, Nueva Visión.
- Lebrun, Fabien (2026). O Impasse Digital: Guerras Pela Água e Capitalismo Seco no Século XXI en Biscouto, Soleni; Nóvoa, Jorge; Ríos, Carlos Alberto; Vassort, Patrick; Oblin, Nicolás. (Comps.) A Vida Por Um Fio: Capitalismo Devastador e Resistências Libertadoras. São Paul, Perspectiva.
- Millán, Moira (2025). Terricidio. Sabiduría ancestral para un mundo alternativo, Buenos Aires, Ediciones TIC TAC.
- Simmel, Georg (2014). Sociología. Estudios sobre las formas de socialización. México, Fondo de Cultura Económica.
- Swedberg, Richard (2011). The Role of Senses and Signs in the Economy. En Journal of Cultural Economy, 4 (4), pp. 423-437.
- Profesora-investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Azcapotzalco. ↩︎
- Según el manifiesto colectivo del proyecto Lacustre, los acuanoides son transeúntes de acuíferos entubados. https://www.centroculturadigital.mx/revista/manifiesto-aquanoides- ↩︎
Nota: los créditos autorales de la imagen de la portada corresponden a Mihman Duğanlı [@mihmanduganli].

