Al entender al individuo como un sujeto dual, constituido por un cuerpo y una mente, la filosofía occidental ha optado por engalanar a la razón. Algunas de las consecuencias han sido el vilipendio del cuerpo y las no pocas deshonras de las que ha sido objeto. Pero, a decir verdad, sin cuerpo no hubiesen sido posibles los propios frutos que el pensamiento occidental se atribuye.
Por: Ana Laura Vallejos 1
Occidente ha despreciado de manera sistemática al cuerpo; le ha dado la espalda al soberano inmanente. En este breve artículo me propongo recorrer, de manera sintética, algunas de las tesis filosóficas que contribuyeron a instaurar y sostener la desvalorización de la dimensión corporal en el pensamiento occidental. Asimismo, quisiera destacar el legado de ciertos autores que, en los últimos siglos, han reivindicado al cuerpo y a su rol en la reflexión filosófica.
La filosofía occidental ha sido muy ingrata con el cuerpo, desde la tradición socrático-platónica hasta nuestros días. El cuerpo es aquello que queda por fuera del pensamiento. El hombre es animal en virtud de su existencia material, pero también es un ser racional, que trasciende su animalidad, gracias a la facultad del pensar. El pensamiento es el elemento propiamente humano que separa y jerarquiza al hombre de todo el resto de lo viviente sobre este planeta. Ese prejuicio antropocentrista e intelectualista ha sido sostenido por la mayoría de las escuelas de pensamiento.
Para la metafísica platónica el cuerpo representa lo perenne, aquello que está sometido al devenir y, por ende, a la finitud y al error; frente a la naturaleza eterna, perfecta e inmutable de lo inteligible. En La República, Platón divide al alma (en griego ψυχή) en tres partes: una parte racional, otra parte irascible y finalmente una parte apetitiva. Mientras que la parte racional está directamente vinculada a la verdad y a la sabiduría, la parte apetitiva se conecta con el cuerpo, considerado sede de las necesidades corporales, deseos y placeres. Según la ética platónica, la dimensión apetitiva debe dejarse guiar por la parte racional para ser orientada hacia el Bien y la justicia. El cuerpo está vinculado a las pasiones, que obstaculizan el acceso a la verdad y pueden conducir al engaño. El dualismo platónico es, quizás, uno de los mayores pilares de la cultura occidental desde un plano metafísico, pero también constituye una base de pensamiento con hondas resonancias en la ética y en la política. El cuerpo aparece desde la Antigüedad griega como un obstáculo para la vida contemplativa. Dicho sesgo fue heredado, en primer lugar, a las escuelas helenísticas (entre los siglos IV y I a.C.), y posteriormente al cristianismo.
El cristianismo heredó de la tradición de filosofía griega su menosprecio por el cuerpo: en la doctrina de los padres fundacionales del cristianismo encontramos discursos que incitan a una purificación del alma a través de ejercicios como la penitencia y la castidad, donde el cuerpo es una mera fuente de pecado. La vida del cristiano implica un ejercicio sobre sí mismo, de vigilancia de los placeres de la carne y de la prevención sobre los pecados que de ella proceden (Foucault, 2019).
Esta tendencia a la desvalorización de la corporalidad es uno de los principales blancos de la crítica que Friedrich Nietzsche dirige al cristianismo, al que caracteriza como un “platonismo para el pueblo”. El pensador alemán considera al desprecio del cuerpo como un elemento clave en la decadencia nihilista de Occidente, las filosofías idealistas (como las de Platón, Hegel, o Kant) se fundan en un desprecio por lo vital; el cuerpo, como pluralidad de fuerzas en constante devenir, es aquello que no pueden admitir en sus esquemas trascendentales. Por ello, Nietzsche sostuvo un firme rechazo a estas corrientes que consideró hostiles a la vida: el humanismo, el racionalismo, el idealismo, los teísmos, todos ellos han sido despreciadores del cuerpo.
El animal humano ha creado diferentes respuestas frente a la incógnita de la vida, y desde un punto de vista metafísico los conceptos trascendentales, como Dios o el Alma, pueden brindar al hombre la tranquilidad y seguridad frente al caos del sinsentido. De este modo, la existencia puede ser ordenada bajo un principio o arkhé, un sostén que brinde sentido a la vida (Cragnolini, 1998, p. 56). Sin embargo, este ordenamiento puede convertirse en una trampa: la instauración de un sistema de jerarquías que desacredite a la experiencia corporal en detrimento de conceptos metafísicos.
Aquellos sistemas políticos, filosóficos o religiosos que pretendan convertir sus principios en un valor absoluto y universal caen en la trampa de la metafísica, afirmando como universal aquello que es histórico y contingente. Al mismo tiempo, estos principios pueden operar como mecanismos de legitimación del sacrificio del cuerpo en nombre de grandes ideales como la patria, la fe, o incluso la propia humanidad. Resulta pertinente recordar la advertencia de Marx respecto de la capacidad opiácea de la religión: la fe fue utilizada durante siglos como un dispositivo de veridicción que conducía a los sujetos a aceptar el sufrimiento de su cuerpo en función de un futuro bienaventurado para su alma.
Casi toda la filosofía occidental, con honrosas excepciones, ha relegado a la experiencia corporal en función de un prejuicio intelectualista: la filosofía no se debe al cuerpo, la filosofía existe a pesar de él y de sus limitaciones. La facultad de la razón no se debe al sustrato material, sino que lo trasciende y lo dignifica.
Hacia finales del siglo XIX, Friedrich Nietzsche denunció de manera intempestiva las consecuencias de los postulados idealistas y dualistas sobre la dimensión corporal, y se convirtió en un detractor de toda posición filosófica que despreciara el cuerpo. En Así habló Zaratustra, afirma:
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A los despreciadores del cuerpo quiero decirles mi palabra […]. Instrumento de tu cuerpo, es también tu pequeña razón, hermano mío, a la que llamas —espíritu— […]. Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, se encuentra un soberano poderoso, un sabio desconocido. En tu cuerpo habita, es tu cuerpo [Nietzsche, 2014, pp. 78-79].
Hacia finales del siglo XX, el pensamiento de Michel Foucault puede situarse dentro del legado nietzscheano de revalorización de la dimensión corporal. En su analítica del funcionamiento del poder, el cuerpo posee una dimensión central. En una conferencia dictada en el año 1974 en Río de Janeiro, afirma:
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El control de la sociedad sobre los individuos no se operó simplemente a través de la conciencia o de la ideología, sino que se ejerció en el cuerpo y con el cuerpo. Para la sociedad capitalista lo más importante era lo biopolítico, lo somático, lo corporal [Foucault, 1999, p. 366].
Para Foucault en la modernidad occidental el cuerpo es una realidad biopolítica. El cuerpo de los sujetos, a nivel individual, y el cuerpo social, a nivel poblacional, constituyen las dos caras de la misma moneda: la administración y gestión calculadora de la vida que se opera a través de la carne, en la materialidad viva. El pensador francés discute la primacía de conceptos como la ideología, la conciencia o el discurso para demostrar que son indisociables del cuerpo. Por ello, cuando plantea, a mediados de la década de 1970, la noción de “dispositivo disciplinario” está pensando en la forma de producir cuerpos políticamente dóciles y económicamente rentables en la sociedad moderna. Cuando se espera que Foucault hable de sujetos, proletarios o conciencias, Foucault dice “cuerposdóciles”. Foucault, quien fue un tenaz lector de Nietzsche, comprendió el verdadero significado de la genealogía como método filosófico: la genealogía se encuentra en la articulación del cuerpo y la historia. El objetivo del pensamiento filosófico puede ser comprender ese nudo, ese cruce donde se nos presenta el cuerpo impregnado de historia; y la historia como aquello que pasa sobre los cuerpos, una vez más: el cuerpo es la superficie de inscripción de los sucesos. Y la tarea de una filosofía crítica y actual sería darle al cuerpo el reconocimiento que merece.
Cuerpo mío. Mi querido soberano inmanente, condición de posibilidad de todas las experiencias: de mi placer, de mi dolor, de mi fe, del arte que nos atraviesa y, claro está, de nuestra amada filosofía.
A nuestros cuerpos les debemos la revolución. No hay rebelión sin cuerpo social que no haya entendido que en su carne radica la potencia de una vida mejor. Pero también, en su quietud, su principio de ruina.
Bibliografía
- Cragnolini, M. (1998). Nietzsche: camino y demora. Buenos Aires: Biblos.
- Foucault, M. (1992). Microfísica del poder. Madrid: Ediciones de la Piqueta.
- Foucault, M. (1999). Nacimiento de la medicina social. En: Estrategias de poder. Obras Esenciales, (Vol. II, pp. 363-384). Buenos Aires: Paidós.
- Foucault, M. (2019). Historia de la sexualidad IV. Las confesiones de la carne. Buenos Aires: Siglo XXI.
- Nietzsche, F. (2016). Así habló Zaratustra. Buenos Aires: Alianza ed.
- Platón. (1988). La República. En: Diálogos IV. Madrid: Gredos.
- Vallejos, A. L. (2024). “Michel Foucault: una historia política del cuerpo”. En: Revista Perspectivas de Investigación en Educación Física, Vol. 3, núm. 5-6, pp. 1-12.
- Profesora de Educación Media y Superior en Filosofía (UBA), becaria doctoral del Conicet, bajo la dirección del Dr. Edgardo Castro y la Dra. Senda Sferco. Su trabajo académico problematiza la obra foucaultiana desde el doble registro de la filosofía y la psicología en busca de una comprensión histórico-crítica de la enfermedad mental.
Profesora de Filosofía Social en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Miembro de la Red Iberoamericana Foucault. Posee numerosas publicaciones en revistas nacionales e internacionales especializadas en el pensamiento foucaultiano y su legado. Miembro del grupo de investigación interdisciplinario sobre la obra foucaultiana “Deseo y experiencia política”, con sede en el Instituto de investigaciones Gino Germani de la Facultad de Sociales de la UBA. ↩︎
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