Cuando habló sobre los cuerpos dóciles, desconocemos si Foucault sabía con certeza cuán exorbitante se volvería el mundo digital décadas más tarde. Ese lugar desterritorializado, que paradójicamente está en todos lados y en ninguno, ha acaparado gran parte de nuestra cotidianidad, además de poner en entredicho al cuerpo. Ante los agravios irrevocables del desarrollo informático, hoy vale la pena revisitar los conceptos foucaultianos.
Por: Tuillang Yuing-Alfaro 1
Tal vez una de las interrogantes más desafiantes que se heredan de Vigilar y castigar tiene que ver con esta inversión de la relación entre cuerpo y alma que se postula en un momento de la obra. Para Foucault, la disciplina, junto a su empeño inicial por dar forma a cuerpos dóciles, secretaba además una savia inmaterial que iba a constituirse como el alma moderna. En un gesto que confesaba su continuidad con el trabajo de Nietzsche, Foucault se avocaba al examen genealógico del alma como instancia receptora de los mandatos y prescripciones de una sociedad específica —la sociedad burguesa europea de los siglos XVIII y XIX—, y por cierto de una época determinada: aquélla en que se iría acomodando el orden de las democracias liberales.
Ninguna de estas cuestiones ha perdido vigencia. Desde luego, las transformaciones a las que se asiste de la mano del predominio tecnodigital como extensión de lo humano parecen renovar las interrogantes por el alma en los modos sofisticados del perfil algorítmico, así como por la obediencia de los cuerpos a esta idealización del individuo bajo la imagen virtual del avatar.
Que sea el alma la prisión del cuerpo significa que el sujeto se desdobla y subordina a un modelo de sí mismo idealizado por la discursividad dominante de una época determinada. En ese sentido, una cierta retórica confusamente posthumanista ha intentado predicar la llegada y consolidación de un momento histórico en que los sistemas de inteligencia artificial generativa habrían desplazado definitivamente los privilegios de la humanidad en beneficio de una racionalidad sin sujeto y, en consecuencia, sin cuerpo. Pensando en las capacidades infinitas de la IA —una suerte de alma impersonal hipermoderna—, se ha instalado sin resistencia la proyección de su inevitable autonomía ante la cual la humanidad corpórea y fatigada no puede sino recibir el rol de un operario insuficiente o un mal imitador.
Así, curiosamente, lejos de asimilarse como una extensión técnica, la IA despliega una performatividad discursiva que pone al individuo en lugar de rezago principalmente por los límites en que se inscribe su cuerpo. Varios son los síntomas que dan cuenta de este nudo. Me permito señalar algunos.
El primero es una suerte de obsesión contemporánea por el ranking. Sobre todo a nivel de redes sociales, se observa una insistencia enfermiza por establecer rankings y evaluaciones estadísticas que jerarquizan los ámbitos más curiosos de la cultura: el animal que sobrevive más tiempo sin comer, el arquero más joven en los mundiales, las ciudades con mayor cantidad de automóviles por metro cuadrado, el músico con más discos de platino en un menor período de tiempo, los países con mayores ingresos por concepto de turismo… En fin, cualquier cosa puede comparecer a esta colección infinita de datos que son computados de acuerdo a variables y criterios tan heterogéneos como innecesarios. Lo que sorprende es, por una parte, el consumo y demanda que hay de este tipo de clasificaciones, así como también las narrativas que en virtud de ello pueden instalarse. Como un padecimiento de lo que Nietzsche llamaba un uso monumental de la Historia para la vida, la subjetividad busca permanentemente reconocerse y medirse ante la grandeza de la evaluación pan-histórica. Como si ya fuese posible a esta altura tener toda la historia a disposición y poder distinguir en ella los hitos más relevantes y sus protagonistas más decisivos, hay una fijación por definir y catalogar al más grande de todos (¡el GOAT!), al más infame o incluso al más menospreciado, y ver de qué modo el individuo toma parte, aunque sea mínimamente, de ese linaje universal: en sus hábitos, en sus ropas, en sus gustos, en lo que sea. La cantidad masiva de datos ofrece la ilusión de que ya es posible evaluar la totalidad de los tiempos para poder insertar «nuestra» cultura —la de cada cual en su fuero íntimo—, en la nobleza gloriosa de los tiempos. Por cierto, poco se discute la politicidad comprometida en estos ensayos de grandes balances: parece ser que el juego de los intereses, de las fuerzas y del poder nada tendrían que ver con estos anuncios providenciales. La objetividad se re-instala victoriosa en el supuesto anonimato y la frialdad de los datos haciendo caso omiso de las severas críticas que ha recibido desde ya mucho tiempo. Por supuesto, en la ejecución y difusión de estos ejercicios de jerarquización histórica, habita un deseo de modelización, manejo y composición de opiniones, aprecios y conductas. Como sea, el ranking entrega entonces al individuo el espejismo de poder tener la totalidad de la historia en sus manos y jugar a sumarse a ella desde la insignificancia de la propia biografía inconclusa, como una búsqueda de salvación y trascendencia dentro del océano inabarcable de la banalidad anónima.
Y esta pretendida salvación se enlaza con un segundo síntoma: la búsqueda de la mejor versión de sí mismo. Dejemos algo claro: pese a la deslegitimación de una religiosidad trascendente —en contrato con un más allá—, el individuo parece perseguir hoy una salvación inmanente que tiene el rostro del éxito: ante el declive de un ideario de futuro o proyecto de humanidad; ante la incapacidad de al menos imaginar claramente otro mundo colectivo, el individuo pone sus fuerzas en alcanzar un bienestar al interior de las normas despiadadas de esta fase del capitalismo que no parece agotarse jamás ni menos transformarse. La redención consiste entonces en instalarse lo mejor que se pueda en un paisaje que ha renunciado de antemano a construir un arca de Noé para todos. Basta con mantenerse a flote del modo más cómodo posible por el tiempo que se pueda, y que al parecer no es mucho.
Este anhelo se sostiene ante todo como fe. La salvación sobrevive en la creencia de su posibilidad, en la esperanza de que yo puedo lograrlo, de que soy uno de los pocos llamados a destacar. No obstante, esta esperanza pone condiciones para permanecer: demanda al individuo exigir lo mejor de sí, responder a un modelo sin sombras ni opacidades hecho a su imagen y semejanza. Así, todos los rincones de lo cotidiano y hasta lo íntimo entran en la lógica del “hacerlo bien”: comer sano, hacer actividad física, vigilar tus emociones, corregir tus modos, aprovechar las oportunidades, al punto de superponer la vida al beneficio. Cualquier duda, desatención o dispersión puede sacarte de carrera.
En este paisaje el cuerpo estorba: envejece, se cansa, se frustra, tiende a la pereza, se vuelve deseante, descontrolado, adicto. La vida entra en una disputa consigo misma en tanto traiciona lo que el individuo ambiciona ser y el modo en que realmente transita por la vida. La prédica para luchar contra el lado oscuro de la voluntad no se hace esperar: coachings varios, guías espirituales, activismos o militancias ancestrales, guías financieros alternativos, neo-estoicismo gerencial, y hasta un cierto spinozismo optimista, aportan en dar fuerzas y aliento en la tarea diaria de ser mejor, de ser, finalmente, otro.
De la otra vereda, los dispositivos informáticos se adhieren a los cuerpos para parasitar y obtener datos sobre sus conductas, opciones, gustos, desplazamientos, transacciones. Mayormente cobijados en una retórica del beneficio (promociones, descuentos, obtención de membresías) y de la seguridad (protección de datos y confidencialidad), los cuerpos funcionan como el soporte de un flujo masivo y desterritorializado de control y conducción. Ciertamente, la agencia de estos dispositivos ha impactado en las formas de subjetividad, conformando hábitos, modelando las miradas, predisponiendo la atención y la rítmica cotidiana que articula trabajo, descanso, recreación y distensión.
Muchas veces se ha leído la máxima spinozista “nadie sabe lo que puede un cuerpo” como un reservorio esperanzador para alimentar la resistencia. No vemos problemas en ello mientras también se tome nota de que las posibilidades funcionan en todas direcciones. Tal vez habría que pensar también que “nadie sabe lo que puede un cuerpo dócil” cuando se ha alimentado del dogma de una época que hace de su elongación conductual un modelamiento en que concursa la moral cotidiana, el perfilamiento algorítmico y los residuos de un humanismo ávido de trascendencia y salvación.
Que en toda esta ecuación no tome protagonismo ni el padecimiento de los cuerpos exterminados sistemáticamente en Gaza, ni la tensión bélica y geopolítica en torno a los recursos naturales, así como tampoco la catástrofe medioambiental a la cual contribuye precisamente el desarrollo de la tecnología y que se impone al tercer mundo como un arancel para ser parte de la era; en fin, que no se manifieste la puesta en suspenso del diagrama de fuerzas desplegado en el planeta, es quizás el síntoma más patente de cuerpos desintegrados respecto al mundo en el que existen y se desenvuelven. El mapa tecnodigital ha logrado sustituir cualquier vínculo con la experiencia directa, abriendo la puerta a una avalancha informativa casi sin matices donde todo parece tener validez y donde es difícil que el cuerpo pueda participar y hacer suyo el mundo que conoce. La salvación va en otra dirección.
- Profesor de Filosofía, Universidad de La Serena, Chile. ↩︎
Nota: los créditos autorales de la imagen de la portada corresponden a Keith Lobo [@k3ithvision].

