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Transformaciones violentas de la carne y devenir del cuerpo herido

Laura Franco Cian

El cuerpo nunca es un conjunto cerrado ni estático: está sujeto al tiempo, al contacto con el medio, a la relación con los demás y, desafortunadamente, también a la violencia. En ese sentido, quizá sea más acertado entenderlo como un proceso abierto y en transformación continua. A cada uno de sus devenires —aún más después de una herida—, corresponde un significado: una manera nueva de entender y habitar el cuerpo.

Por: Laura Franco Cian 1

Algunas transformaciones del cuerpo podemos esperarlas, sabemos que llegarán. Las manchas, las arrugas, la piel que pesa… Toman tiempo, se van dando, no las notamos llegar y no sentimos que nos transforman: simplemente vamos siendo con ellas. Otras las queremos: pueden ser fugaces y eliminarse con un pad y una crema desmaquillante, o pueden ser permanentes —al menos en principio— con tintas y agujas o con hormonas que reflejan nuestras almas al ojo externo. Otras, aun, son inesperadas, indeseadas e intolerables: parten la existencia, quiénes sentimos que somos y la forma como nos relacionamos con el mundo. Es con mujeres que han vivido este último tipo de transformación con quienes trabajé algunos años. Algunas de ellas fueron amputadas con mordiscos en escenarios de lucha durante violencias sexuales; otras, sobre quienes me centraré en este escrito, atacadas con agentes químicos, casi siempre por hombres que querían que ese cuerpo fuese sólo suyo.

Estas transformaciones, en el medio de la violencia más pura, son sólo el inicio. Luego llegarán muchas más: de la mano de bisturís y batas blancas, que, desde los saberes de la biomedicina, quitarán pieles de unas partes del cuerpo para ir tejiendo con retazos nuevas formas —a veces también con pieles de cadáveres, de cerdo o sintéticas—, o como fruto de la creación colectiva de estrategias para resignificar lo ocurrido y la propia existencia a través del cuerpo.

Sobre estas nuevas transformaciones, que atraviesan los cuerpos en la búsqueda de reconstruirse y resignificarse, se abren preguntas sobre cómo se habita una piel que ha sido herida así y cómo, en medio de ese trasegar, se producen nuevas formas de ser y de mostrarse al mundo. Aunque son varios los recursos que desde diferentes lugares y saberes se ponen en juego para reconstruir estas pieles, describiré dos escenarios que ponen en evidencia la disputa entre posiciones y significados alrededor del cuerpo.

Primer escenario:

Pocas semanas faltaban para que no pudiésemos volver a salir por razón del COVID-19. Una de las mujeres sobrevivientes a los ataques con agentes químicos, con quien más contacto tenía, me llamó para invitarme a lo que se había denominado una “tatuatón”. Alrededor de 10 víctimas y algunas de sus amigas cercanas de instituciones del distrito y de fundaciones se dieron cita en un centro de tatuajes en el norte de Bogotá.

Se estaba en la sala de espera mientras iban siendo llamadas, una a una, tras haber realizado en la jornada de la mañana, en ese mismo sitio, diversos rituales colectivos para dotar de sentido lo que vendría después: para que la aguja no sólo traspasara la piel, sino que ayudara a construir cuerpo, entendiéndolo como un trayecto abierto donde lo material y lo simbólico van entrelazándose en el proceso de devenir.

Sobre las cicatrices, con tintas vivas coloradas, se pintaron colibríes, flores y arabescos. Era un ambiente festivo. Se celebraba que, en esa intervención sobre el cuerpo, sus voces y deseos tuviesen cabida. En las transformaciones que habían vivido anteriormente no habían podido escoger.

Segundo escenario:

El hospital. Frío, aséptico. También entré, observé las lógicas y las dinámicas, pero sólo en atención ambulatoria y en salas de espera. De lo que pasa adentro de la sala de cirugía sólo puedo dar cuenta por aquello que me hablaron las mujeres que estuvieron allí, bajo los bisturís.

Aquí, el grupo no son ellas, sino los equipos de salud. Como paciente en los cuartos de preparación para la cirugía, se está sola. Durante la cirugía, se está sola. Aquí no se participa del ritual. El ritual es ajeno: lavado de manos, puesta de batas, guantes, tapabocas, gorros y polainas, la organización de la instrumentación quirúrgica… En este escenario, la representación de cuerpo y de la intervención que domina está entretejida con la noción de funcionalidad. Así, aquí no hay mucho lugar para la voz propia ni para el deseo propio. El personal hace lo que puede con los recursos que tiene a disposición para que los párpados se puedan abrir, para que el aire pueda pasar por las fosas nasales, para que la persona pueda masticar y deglutir.

Fuera de escena.

Al pensar en estos escenarios, lo que se hace visible en las cicatrices de estos cuerpos atravesados por la violencia es que las marcas que hay allí no sólo registran la herida, sino también los procesos a través de los cuales esa herida se interviene y ese cuerpo se resignifica. Las posibilidades que se encuentran en los discursos de cuerpo y los límites técnicos que se ponen a disposición desde la biomedicina para reconstruir las pieles heridas se expanden desde prácticas y discursos construidos en colectivo por fuera del hospital. Es ahí donde se refleja la dimensión de proceso abierto del cuerpo, contagiante y contagiado, en medio de prácticas de cuidado y creación colectiva de cuerpo y de sentido.

Los cuerpos se reconstruyen, entonces, en diálogo y en tensión con las miradas del otro, con las instituciones, con los lenguajes disponibles y con las comunidades que habilitan —o no— nuevas formas de habitar y reconstruir. En ese entramado, se disputan los significados sobre lo que esos cuerpos son y pueden llegar a ser. Las transformaciones sobre el cuerpo, incluso las más dolorosas, no sólo dejan marca, sino que abren la posibilidad de habitar el cuerpo de otros modos. En ese desplazamiento, desde el lugar de la herida, el cuerpo pasa a ser territorio de creación y co-creación, de disputa, de vínculo y de re-existencia.


  1. Docente e investigadora. ↩︎

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