Con la escena de un mercado cotidiano, Justo Bolekia comienza su disertación. Un dios forastero, una lengua implantada y una economía desamparada surcan la imaginación de un pueblo en África. Se habita un cuerpo propio, pero se piensa con categorías ajenas. Se recuerdan muchos instantes, pero la realidad parece solamente una hipótesis. Y en ese momento, la vida misma se vuelve un exilio.
Por: Justo Bolekia Boleká 1
Es altamente difícil pensar en uno mismo (una ilusión) mientras se está sentado en el borde de un tronco de madera carcomida por tantas y tantas posaderas, en medio del trajín de mujeres más que de hombres, o de hembras más que de machos, que tratan de buscar cada una, o cada uno, el lugar que un día creyó de su propiedad por costumbre, o por tradición, en uno de los abarrotados mercados de Makola, Mvogbi, Madina, Asigame, Semu, etc., espacios muy conocidos y frecuentados por nuestros vigilantes algoritmos convertidos en nuestra nueva inteligencia controladora, la artificial, claro.
Mientras se está sentado y se contempla estoicamente la hartura diaria, no queda tiempo para pensar, porque el hambre acecha, las legiones de mosquitos vigilan las pantorrillas cubiertas por las ya desteñidas telas estampadas, antiguamente fabricadas en alguna parte de Kumasi, en África, pero hoy importadas en grandes contenedores desde pequeñas y atrapadas localidades asiáticas sometidas a las implacables normas del capitalismo de la izquierda elitista. Pensar se vuelve infructuoso cuando las gruesas ranas de croares roncos compiten con las voces de las madres que se dirigen a los transeúntes compradores, o tratan de escuchar a sus hijos reclamando algunas viandas por la mañana para aguantar hasta la vuelta a la casa del puesto de mamá. O de madre en la antigua Castilla profunda española.
Unas vidas vienen al primer exilio (que empieza cuando pare una madre, o una incubadora) y otras vidas van o vuelven al exilio (el último). Hay manos que empujan carrocerías de microbuses colectivos destartalados, para evitar golpes que quiebren o agrieten las posaderas de las transeúntes, sacudan los huesos de los motoristas haciendo de taxi, o estríen los trocánteres de los hombres ya entrados en años y viviendo de los recuerdos de posiciones súcubas. Carretillas llenas de cocos u otros objetos, empujadas por legiones enteras de largos bracitos en rostros quietos y ojos que hurgan entre la multitud sin ver absolutamente nada, porque solamente miran. Hay mozas cargando grandes palanganas y siguiendo a señoras que recuerdan dónde nació Saartjie Baartman, o la Venus de Hotentote. Son señoras que hacen sus compras diarias, semanales, mensuales, etc., y necesitan cargadoras jóvenes, futuras vientres de alquiler de padres con un altísimo poder adquisitivo, en busca de hijos, negros o no.
Un almuédano convoca a sus fieles seguidores, pero con grabación y con un altavoz colocado en lo alto de la torre de la mezquita del mercado. Pero nadie se mueve porque no es viernes. Los voceros de los pastores y profetas de las iglesias cristianas sostienen micrófonos, están acompañados por avezados pianistas nómadas y cantan los milagros de un tal Jesucristo, mientras algunos de los numerosos transeúntes echan billetes en una gran hucha con una ranura transformada en ojo de buey. Hay que comprar el cielo en la tierra.
Cada uno de los espacios ocupados por ellas más que por ellos impone un diezmo a su usuario, y es una cobradora uniformada la que extiende los boletos a cada vendedora mucho antes de que esta haya vendido algo, ya sea una bolsita transparente con trozos de piña o de mango, o de papaya, correcta e higiénicamente cortados y colocados al lado de unos calzoncillos bóxer. Una muchacha lleva en su cabeza una palangana llena de huevos blancos y morados. No están desordenados, sino dispuestos de forma piramidal, con dieciséis niveles. En el nivel más alto hay un huevo y en el nivel más bajo hay quince huevos. Ella camina sin ni siquiera sujetar la palangana sobre su cabeza. Una pirámide humana que nos lleva a las fiestas del siete de julio, los sanfermines de 1977, fecha de mi llegada a mi tercer exilio. Para vender es preciso dar garantías al comprador y consumidor. La sanidad social manda. Como la autopsia social o comunitaria.
Lo que llamamos acera se ha convertido en espacios compartimentados entre el límite de la calzada y el tabique que separa la parte interior del espacio multitudinario, con una acequia abierta lanzando sus fétidos efluvios a vendedoras, a compradoras y a caminantes. A veces, o casi siempre, aparece una moto de la policía abriendo paso a algún gerifalte en su súper V13 japonés, o gran todoterreno que ocupa más espacio que una calzada romana posmoderna, obligando a las vendedoras y a los vendedores a levantar rápidamente sus mercancías y evitar ser arrastrados por los enormes neumáticos franceses Michelín. Cristales tintados del color de las tinieblas negroafricanas de Joseph Conrad (2012). No se ve ni al conductor ni a su ocupante, ni a los famélicos minusválidos sin piernas ni glúteos, que permanecen sobre una diminuta plataforma con ruedas, con una mano extendida para pedir una limosna por caridad, y otra con guante metálico para frenar su medio de desplazamiento cuando se embala. Unos niños, muchos, sortean a adultos apresurados para flanquear una gran puerta. Es la entrada a la escuela que regentan monjas blancas de Cáritas Españolas, todas vestidas de hábitos blancos de arriba abajo. Son niños que vivirán durante años su segundo exilio sin saberlo, aquel que les transformará y les convertirá en buscadores de sus ancestros mentales, todos blancos, y hablarán perfectamente las lenguas de estos: “impón tu lengua a alguien y controlarás su forma de pensar”, así lo dijeron el lingüista francés de origen tunecino Claude Hagège (2012) y el escritor francés de origen camerunés Gaston Kelman (2019).
Hay muchas mismidades en mi entorno. Son las ipseidades del filósofo congoleño Mudimbe (1988), que están muy vivas en este pensamiento diverso y estático que trato de compartir al describir los reclamos del turismo occidental que sonríe a esta aparentemente caótica vida necropolítica acertadamente definida por Achille Mbembe (2011), destacado filósofo camerunés y para quien muchos seres humanos están condenados a morir antes de su fecha. Son los condenados de la tierra de los que habló el psiquiatra Frantz Fanon (2018). Hay vallas publicitarias de marcas comerciales locales, como el producto alimentario local bankú o akpele, hecho con masa de maíz y yuca, y que los jóvenes posmodernos prefieren denominar “benks”. O vallas de profetas sonrientes enseñando sus rostros y dientes, o los de sus feligreses llamados a la gloria para reunirse con Jesucristo el blanco, porque el negro no se ha inventado ni creado todavía.
Son identidades personales e individuales y propias, caracterizadas por las diversidades que nuestros mayores y predecesores nos han legado, llámense africanos o europeos, desde la oralidad o desde la tiranía de las letras en la escuela cristiana o musulmana. O desde la no concienciación de nuestras fantasías y de nuestros sueños. Nadie tiene derecho a pensar, porque el cerebro de reptil todavía domina y sus propietarios e intelectuales orgánicos nos gobiernan. No piensan en nosotros. Ni en ellos mismos. Pero son dueños del cerebro que responde únicamente a las pulsiones interiores representadas externamente por el hambre, el sueño, el robo, la violencia, la huida, el consumo, la coyunda procreativa de un hijo, etc.
Cada una de las personas que creemos ver en este espacio que estamos describiendo sólo existen en cada uno de nosotros que estamos leyendo este texto. Nada existe. Nada es real. Todo es fruto de nuestra imaginación, nutrida por nuestros recuerdos conectados con cada una de nuestras vivencias, sobre todo las que nos han marcado a lo largo de nuestro periplo existencial. Si nos dejamos llevar por la filosofía radical de Don Eugenio Nkogo Ondó (2006), de la tribu de los Robles de León, esto es un puro solipsismo, o pura utopía, porque hay un momento del día o de la noche en el que nada de lo que hemos descrito existe. Ni siquiera en nuestra mente, donde muchas veces confluyen representaciones de vendedoras, microbuses colectivos, legiones de mosquitos, acaudalados compradores y gobernantes, ranas alojadas en las putrefactas cloacas abiertas, transeúntes aparentemente desorientados, exiliados e inmigrantes, extranjeros irreconocibles, etc. ¿Problemas de razonamiento? ¿Espacios en blanco? ¿Envejecimiento prematuro? ¿Vuelta al espacio previo al choque entre el espermatozoide y el óvulo, cuyo destello sonoro determinará los gustos musicales del individuo? Todo pasa. Nada queda. Sin ataduras de ningún tipo. Como dijo mi ex-madre en la década de los años setenta, un domingo cristiano y católico en mi pueblo Santiago de Baney, “yo he sido una mera intermediaria para que tus hermanos y tú pudierais venir al mundo. Yo no tengo nada que ver con vosotros”. Tengo derecho a imaginarme y a fantasear mi vida, a pesar de saber que estoy rodeado de mentiras y suposiciones. Me asiste mi derecho a ser porque otros son, aunque no sepa realmente quién soy ni cómo me ven los que me rodean. O me controlan y me condenan a una determinada vida, un determinado espacio y una pertenencia a un grupo social y económico: por debajo de un cuarto de dólar canadiense al día no soy tenido en cuenta, porque no consumo, no contribuyo al enriquecimiento permanente de los listados de la revista Forbes, ni a la validación de la civilización de la copa de Champagne de la que tanto supo el jesuita, economista y teólogo de la liberación Xabier Gorostiaga SJ (2000). Nadie se pregunta quién es realmente. Cada persona de las aquí descritas o aludidas, vive, simplemente, y en continuo movimiento, porque es concebida, nace, crece y se desarrolla, cambia y muere. O termina.
Autores citados en el texto:
- Conrad, Joseph (2012 [1899]) El corazón de las tinieblas. Madrid: Alianza Editorial. Traducción del inglés: Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo.
- Fanon, Frantz (2018) Los condenados de la tierra. Madrid: Fondo de Cultura Económica. Traducción del francés: Julieta Campos.
- Gorostiaga, Xabier (2000). En busca del eslabón perdido entre educación y desarrollo. Revista Latinoamericana de Estudios Educativos. Vol. XXX. Nº 1.
- Kelman, Gaston (2019) Les nations africaines: des savoirs locaux à la renaissance. Dans Savoirs Locaux, savoirs endogènes: entre crises et valeurs. Yaoundé (Cameroun): Les éditions du Schabel.
- Mbembe, Achille (2011) Necropolítica. Tenerife: Editorial Melusina. Traducción del francés: Elisabeth Falomir Archambault.
- Mudimbe, Valentin-Yves (1988) The invention of Africa. Gnosis, Philosophy, and the Order of Knowledge. Bloomington and Indianapolis/London: Indiana University Press/James Currey.
- Nkogo Ondó, Eugenio (2006) Síntesis sistemática de la filosofía africana. Barcelona: Ediciones Carena.
- Vif, Rédaction du (2012) “Claude Hagège: Imposer sa langue, c’est imposer sa pensée” en https://www.levif.be/belgique/claude-hagege-imposer-sa-langue-cest-imposer-sa-pensee/
- Escritor, Universidad de Salamanca. Académico Correspondiente de la RAE. ↩︎
Nota: los créditos autorales de la imagen de la portada corresponden a S. Consoler [@royalpixelz].

