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La utopía: el sueño de acabar con lo político

Gastón Souroujon

Pese a su carácter seductor, las utopías encubren varios peligros: ilusiones desbordadas, visiones ingenuas y el decreto de una verdad supuestamente definitiva. En última instancia, acaso la inmovilidad del pensamiento sea lo más riesgoso de este tipo de planteamientos ideales. No pocos pensadores coinciden, por ende, en que la utopía supone la anulación del pensamiento político.1

Por: Gastón Souroujon 2

En el seno del discurso cotidiano, el vocablo utopía se ha engalanado con las mejores ropas, además de adornarse con una connotación positiva y deseable. El sueño de edificar una ciudad feliz, una eutopia, permea la vigilia de tirios y troyanos, de progresistas y neorreaccionarios, de burócratas y poetas. Nuestros máximos ídolos populares, desde mi primo el Nano hasta la reina islandesa del art pop, se han dejado hechizar por esta imagen. Resulta extraño, entonces, que la teoría política contemporánea haya desestimado e incluso rechazado la utopía. Se trata de un rechazo que no se explica sólo por la metamorfosis de las utopías en distopías durante el siglo XX, sino que se origina —sospecho yo— en algo más profundo: el hecho de que la utopía implica la negación absoluta de lo político. 

Si bien pueden encontrarse antecedentes de utopías en Platón y su descripción de la legislación perfecta en República, la utopía, como género político, tiene una fecha de nacimiento con la publicación en 1516 de la obra de Tomás Moro que le dará su nombre. El Renacimiento, influenciado por el descubrimiento de América y por el fuerte impulso humanista, fue una era cargada de utopías, entre las que se destacan: La ciudad feliz, de Francesco Patrizi; La ciudad del Sol, de Tommaso Campanella; o La Nueva Atlántida, de Francis Bacon. Estas obras están atravesadas por cierta estructura narrativa similar: el descubrimiento azaroso de una tierra nueva y la descripción detallada de un ordenamiento social, económico y legislativo ideal, capaz de permitir a sus habitantes vivir en un estado de felicidad. Su difícil y fortuito acceso hacía que estas ciudades no se encontraran corrompidas por las costumbres y tradiciones de las ciudades existentes.  El objetivo de estos escritos no era performativo, no era la realización de dichas ciudades, sino criticar las miserias de las sociedades existentes.

Como dice el gran estudioso de las utopías, Bronislaw Baczko, en su obra Utopian Lights, la legitimidad de éstas reside en la búsqueda de una comunidad que refleje integralmente lo bello, lo bueno y lo verdadero. En esta comunidad, los distintos valores de la vida humana se complementan entre sí, sin entrar en conflicto, permitiendo la realización de todos ellos: un escenario perfecto que oblitera cualquier transformación, pues cualquier cambio que sufra la perfección es un deterioro. Por eso en una verdadera utopía no hay lugar para escribir utopías, no hay lugar para pensar ciudades alternativas.

Más allá de ser producto de la imaginación de literatos, filósofos y científicos, las utopías suponen el reino de la razón, donde todo se encuentra preordenado y nada queda librado al azar. En ellas, todas las actividades e interacciones, desde el trabajo hasta el ocio, son reguladas racionalmente con el fin de garantizar el desarrollo de las virtudes, la satisfacción de las necesidades esenciales y la armonía social. Es un fin que se logra mediante un proceso educativo riguroso. A su vez, desde Platón en adelante, los creadores de utopías reconocen que hay dos instituciones que operan como fuentes de conflictos y antagonismo: la propiedad privada (por eso su abolición, pues la misma comunidad como un todo pasa a ser la responsable del bienestar público) y las relaciones sexoafectivas, que pueden operar como punto de fuga que amenaza la armonía y la uniformidad (por eso la necesidad de regular públicamente las reglas de cortejo, la edad para reproducir, la frecuencia de las uniones sexuales, etcétera). La regulación de la propiedad y las relaciones sexoafectivas pone de manifiesto que incluso los aspectos que consideramos más íntimos se subordinan al logro comunal. Las utopías son construcciones holistas, en las que la comunidad prima sobre el individuo.

Una primera gran modulación en el seno de este género se da a partir de su encuentro con la filosofía de la historia y el optimismo del avance de la ciencia y la razón propio de los siglos XVIII y XIX, fundamentalmente en los escritos de los llamados socialistas utópicos: Saint-Simon, Charles Fourier y Robert Owen. Allí, la ciudad ideal se convierte en fruto de predicciones a partir de teorías científicas. La utopía ya no es más ahistórica, por fuera de la cronología temporal, sino que se liga a una secuencia histórica de la cual es consecuencia: pasa a ser el desenlace inevitable de una concepción teleológica, cuestión que le imprimió al pensamiento utópico un activismo inexistente en el período anterior.

Al optimismo de los siglos XVIII y XIX le sigue el pesimismo del siglo XX, cambio de ánimo que produjo una nueva modulación hija del temor ante la realización de las ciudades ideales en la tierra. Las distopías surgen a comienzos de siglo y tienen su auge en posguerra, a partir de la difusión de las características de la vida cotidiana bajo las dominaciones totalitarias y del reconocimiento de los peligros del avance tecnológico. Las distopías muestran el lado oscuro del sueño utópico en donde la ciudad del futuro, fruto de la evolución del escenario presente, es una amenaza siempre latente. Un elemento común de esta modulación es que el autor nos relata la obra desde dentro: el personaje principal siempre está inserto en el seno de la maquinaria opresiva. El momento de esperanza, en consecuencia, se encuentra por fuera de las fronteras de la ciudad, en aquellos desterrados o conspiradores que rechazan el orden y la normalización.

Estas modulaciones nos permiten reconocer que el núcleo conceptual que atraviesan todas las utopías no es el carácter escatológico, no es su capacidad de movilización. Estos elementos son parte de ciertas modulaciones que hacen su aparición en una coyuntura histórica específica. El núcleo de la utopía reside en la descripción detallada de una sociedad autotransparente, como nos recuerda Baczko, donde no residen secretos, ni tensiones entre el ser y el parecer. Ciudad ideal que puede introducirse como consecuencia de las leyes de la historia, o como el fruto de la imaginación o la pesadilla del escritor. Este carácter contemplativo e intelectual generó la crítica de autores como George Sorel —crítica retomada luego por el fascismo— por la incapacidad para movilizar a las masas de las utopías, a diferencia del mito que se encuentra inscrito en los sentimientos populares.

No nos une el amor… la crítica a la utopía de marxistas y liberales

Las dos grandes tradiciones políticas modernas, liberalismo y marxismo, comparten un conjunto de genes epistemológicos comunes, aunque durante décadas hayan combatido desde trincheras enfrentadas, con algunos encuentros ocasionales ante enemigos compartidos. Lo que nos interesa subrayar en este recorrido es que, por razones distintas, ambas tradiciones se mostraron críticas al pensamiento utópico.

Para gran parte del marxismo clásico, la utopía es una especie de ideología, de ilusión, de falsedad, crítica que se origina en los escritos fundacionales de esta tradición. Karl Marx y Friedrich Engels reconocen las influencias y antecedentes de los llamados socialistas utópicos. La famosa frase de la Crítica del Programa de Gotha, “cada cual según sus capacidades”, recuerda el lema de los saint-simonianos: “cada cual será colocado según sus capacidades y recompensado según sus obras”. Sin embargo, el socialismo que quieren edificar Marx y Engels se presenta como científico, en contraposición a las fantasías de los socialistas utópicos. La crítica marxista a la utopía es, ante todo, epistemológica, pues el socialismo utópico no se asienta sobre las verdaderas leyes científicas que residen en el materialismo histórico. Los rasgos fantasiosos del socialismo utópico se divisan en dos elementos. Por un lado, está la incapacidad de reconocer al proletariado como sujeto universal y, en consecuencia, reconocer el carácter irresoluble del conflicto de clase mediante vías pacíficas. Los utópicos consideran que la ciudad ideal y armónica se conseguiría a partir de un avance pacífico de la razón rechazando la posibilidad de cualquier revolución. Por otro lado, se encuentra la tendencia a elaborar descripciones detalladas de ciudades ideales, lo cual revela, para el marxismo, su carácter fantasioso y no científico. La ciencia en Marx y Engels no brinda las herramientas para describir con precisión cómo se organizaría la sociedad el día después de la revolución, página en blanco que supuso un problema para aquéllos que la hicieron. La generación de marxistas posterior a Marx y Engels olvidó cualquier atisbo positivo que quedaba en el vocablo utopía, y lo utilizó como insulto. En el seno de la Segunda Internacional, vemos a Karl Kautsky, Rosa Luxemburgo, Vladimir Lenin y Eduard Bernstein acusarse mutuamente de utópicos. Por ejemplo, Kautsky acusa a Lenin de ser utópico por querer introducir el socialismo en un país poco desarrollado.

En el núcleo de la tradición liberal, se esconde un reconocimiento de los límites en el conocimiento y en la capacidad de acción del ser humano. El liberalismo no teme reconocer su ignorancia sobre ciertos temas, de ahí que sea una tradición con menores pretensiones que otras. Dado este carácter, el liberalismo es una tradición antiutópica, con la salvedad del sobrino díscolo de esta familia, el anarcolibertarismo, que ha soñado con microestados o pequeñas ciudades en los cuales no exista poder político y en que todo se autorregule por el mercado. Hemos visto en la ciudad de Grafton, en New Hampshire, que esta utopía anarcolibertaria culmina con osos atacando a los soñadores, al negarse a regular la administración de los residuos y a llamar a las autoridades regionales para lidiar con los osos.

Ahora bien, si hay un grupo de pensadores liberales que insistentemente han criticado a la utopía son los liberales de la posguerra —“liberalismo del miedo”, los llamará Judith Shklar—, liberales que se tornan pesimistas ante los hechos de la Segunda Guerra Mundial y que se vuelven temerosos ante el fenómeno que residía del otro lado de la cortina de hierro. De este modo, dejan de lado el triunfalismo y optimismo del liberalismo del siglo XVIII. Además, se encuentran más influenciados por Weber que por Kant, al recuperar la premisa del sociólogo alemán sobre el escenario moderno como un politeísmo de valores y retomar su defensa de una ética de la responsabilidad contra una ética de las convicciones, propia de los mesías políticos. Isaiah Berlin, Raymond Aron, Karl Popper y Jacob Talmon, entre otros, son parte de este grupo, que también sería denominado los “cold war liberals”, señalando su compromiso político.

Berlin y Popper particularmente dedicaron esfuerzos para criticar la idea de utopía: en primer lugar, por la incapacidad de la razón humana en brindar una jerarquía última de todos los valores. Una sociedad totalmente pacificada es una sociedad que ha dado una respuesta definitiva a cómo deben armonizarse los valores contrapuestos. La utopía niega el carácter trágico de lo político que los liberales comienzan a entrever: la existencia de ciertos valores y demandas legítimas incompatibles. Por eso los liberales, a decir de Popper, no pretenden establecer la felicidad, objeto de toda utopía, sino resolver desgracias concretas. En segundo lugar, la crítica a la utopía se fundamenta en su incapacidad de reconocer la pluralidad humana, pues toda utopía parte de una definición cerrada de lo que es ser un humano, además de la forma y el espacio en que él mismo se realiza. La utopía supone que la realización de la verdadera naturaleza humana se da en el espacio social. En contraposición, el espacio privado es el reino de lo impredecible, el espacio de fuga que puede demoler la ciudad ideal, lo que obliga, como hemos señalado, a todas las ciudades ideales a publicitar, ritualizar y reglamentar todas aquellas actividades que el liberalismo considera privadas: familia, sexo, trabajo, religión. Se trata de una premisa que genera temor en estos liberales, que recuperarán el espacio privado como el verdadero espacio de desarrollo de lo humano. En tercer lugar, se critica a la utopía por la violencia que lleva intrínsecamente todo proyecto utópico, violencia que se da entre distintos proyectos de este tipo, al erigirse cada uno como el camino verdadero, y al interior de cada proyecto, pues la reconstrucción íntegra de una sociedad y el mantenimiento de un orden ideal exige necesariamente a la violencia como medio.

La condición apolítica y antipolítica de la utopía en Hannah Arendt

También podemos caracterizar a los pensadores de lo político más sugerentes de la contemporaneidad, provenientes de distintas tradiciones, como antiutópicos. Pensemos en el caso de Carl Schmitt, para quien cualquier concepción utópica en realidad sería una operación de encubrimiento del carácter conflictivo de lo político, pues el criterio autónomo que define a este último es la distinción amigo-enemigo. Posemos nuestra mirada en el grupo de pensadores posmarxistas y/o posfundacionalistas —Ernesto Laclau, Claude Lefort, Jacques Rancière, entre otros—, para quienes el devenir del mundo común es una sucesión de intentos precarios de dar forma a una sociedad y de dislocaciones de la misma: momentos críticos que invitan a articular formas nuevas de cierre social, siempre parciales y contingentes (es decir, que no transitan un devenir necesario). Lo político es ese momento creativo de articular un orden nuevo tras las crisis, gesto sisífico, pues a la vuelta de la historia nos espera una nueva dislocación. En consecuencia, para estos pensadores, la posibilidad de un mundo utópico implica la desaparición de lo político, al suponer una sociedad suturada definitivamente, a partir de un fundamento último. En las utopías, la distribución de las piezas de un orden está dada de una vez y para siempre: es un tablero que no permite ningún movimiento (lo que inhabilita momentos de crisis o antagonismos) y que fundamentalmente oblitera la contingencia, los caprichos de la diosa fortuna, inscripta en lo político.

Pese a lo anterior, intuyo que la crítica más inspiradora a la utopía reside en el pensamiento de Hannah Arendt. Recordemos sintéticamente —y, seguramente, de manera burda— que para la pensadora alemana hay tres actividades propias del hombre. En primer lugar, está la labor, que es la satisfacción de nuestras necesidades básicas, biológicas: comer, vestirse, reproducirse. Su sujeto, el animal laborans, no es el individuo con sus particularidades, sino la especie como organismo vivo, por lo que presupone una temporalidad cíclica que sólo implica la reproducción de la especie. En segundo lugar, está el trabajo, la actividad del creador, del artesano, del homo faber, aquél que edifica un producto que le sobrevive. Para esto, necesita manipular, violentar medios (madera, piedra, etcétera) que le permitan materializar un modelo dado. En tercer lugar, está la acción, la actividad más digna del ser humano que se da en el ámbito público, en contigüidad con otros iguales, y que da nacimiento a lo político. Es mediante la acción que el hombre revela su singularidad ante sus conciudadanos, y juntos son capaces de dar origen a algo nuevo. Un hombre puede vivir sin laborar y sin trabajar, pero una vida sin acción y discurso ya no es una vida verdaderamente humana.

Guiados por este emplazamiento teórico, podemos ver que la ciudad utópica, en Arendt, constituiría una sociedad de animal laborans, pues, más allá del interés que las utopías del renacimiento tienen por la ilustración de sus habitantes, el objetivo principal de estos diseños ideales es la satisfacción de las necesidades biológicas. Pensemos que el problema principal a resolver de las utopías es la reglamentación propia de las actividades de la reproducción: procreación, alimentación, distribución, producción. La permanencia sin cambio a lo largo del tiempo de las utopías y su condición estática son, por tanto, el resultado de la temporalidad cíclica que, según Arendt, domina esta actividad, cuestión que obstruye la aparición de lo impredecible que podría surgir con la acción.

Esta comunidad apolítica tiene una génesis que también se opone a lo político —antipolítica, podríamos decir—. Como hemos sugerido, las utopías son creaciones racionales de filósofos, literatos, científicos, que accionan siguiendo el modelo del homo faber, un proceso por el cual se trata de moldear la materia a partir de un prototipo. En todas las utopías, la fundación de las ciudades ideales está precedida por la técnica, por la manipulación violenta de los materiales a disposición, sea por medio de una legislación ideal o por la alteración de la misma naturaleza. Tomás Moro nos relata que la isla Utopía antes formaba parte del continente y obtiene su condición insular a partir de la obra del esfuerzo e ingenio humanos. Incluso los propios habitantes de las utopías son tratados como medios maleables, moldeados a la luz de un modelo predefinido por la técnica de un experto. Guiados por el pensamiento de Arendt, la utopía sería la sociedad de un animal laborans, creada por el homo faber, que niega lo político.

El canto de sirenas de las utopías

Hemos repasado razones distintas por las que la teoría política ha visto en la utopía un emplazamiento intelectual peligroso. Pero aún nos queda un rasgo más por desentrañar, que dota a estas ciudades ideales de un carácter incluso más dañino. Las utopías son sumamente seductoras: el sueño de una armonía total, de un presente constante sin alteraciones, de la abolición del sufrimiento por necesidades materiales está inscripto en el hombre desde que Dios lo ha expulsado del Edén. Sin embargo, cada vez que se ha procurado realizar ese sueño, nos hemos despertado en pesadillas, en las cuales los horrores que habían señalado los humildes trabajadores de las ideas políticas se tornaron realidad, pesadillas que se caracterizaban por ser una negación de lo político. Las utopías habitan Sirenum scopuli, donde los cantos de sirena atraen a los marinos para luego devorarlos. Por lo pronto, la teoría política, ya advertida de las amenazas que se ocultan tras la voz bella de las sirenas y su promesa de un conocimiento completo, se tapa los oídos con cera.


  1. Este escrito recupera algunas reflexiones de mi artículo “La Teoría Política Contemporánea frente a la Utopía. Razones de un divorcio”, publicado en la Revista Sul-Americana de Ciência Política, v. 5, n. 2. ↩︎
  2. Politólogo, Investigador (CONICET, UNL). ↩︎

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