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Desromantizar la imaginación: notas para transformaciones posibles

Por: Andrea Torres-Perdigón

En los últimos años, la imaginación ha sido relegada muchas veces a un papel meramente distractor, como el consumo de ficciones o series televisivas. Pero, ante las tensiones del mundo actual, se vuelve necesario aprender a imaginar de maneras alternativas: cambios, mudanzas, mundos posibles. La imaginación da pie a la realidad, y de entre todas sus potencias, acaso la crítica es hoy la más apremiante.

Por: Andrea Torres-Perdigón 1

Hoy se nos dice con frecuencia que la imaginación está asociada a toda una gama de aspectos positivos y emancipadores. Ligada tradicionalmente a la evasión y al ocio como actividades no productivas, actualmente se vincula a la creatividad en las ciencias y en las artes, posiblemente a partir de Immanuel Kant y su idea del libre juego de las facultades, en especial en la Crítica del juicio. En los discursos neoliberales recientes, la imaginación se vincula con la innovación en cualquier sector de la economía, ya lejos de la “finalidad sin fin” de la estética kantiana. En ambos casos —el de la creatividad o el de la innovación—, hoy suele ser una capacidad a la que le atribuimos valores positivos tanto en ámbitos que buscan fomentar la productividad del capital como en aquellos puntos críticos de las sociedades neoliberales contemporáneas. Pero ¿qué formas puede adquirir hoy la imaginación para apoyar una transformación del estado de cosas, más allá de repetir un discurso sobre la innovación que, con frecuencia, busca generar lucro y no transformar ningún mundo? ¿Qué relación podemos tejer hoy entre imaginación y ficción para que otras formas de ser y hacer, y de relacionarnos entre nosotros y con otras especies, se hagan imaginables?

Partiremos de una idea inicial: consideramos que vivimos en un momento histórico que ha romantizado la imaginación. Con esto queremos decir que tendemos, por un lado, a destacar sólo sus aspectos positivos mentales e individuales y, por el otro, a reforzar nuestro vínculo con la revolución romántica de la que, sin mucha sorpresa, seguimos siendo herederos, sobre todo en cuanto a la crítica a la vida burguesa, pero una crítica que, como gesto rebelde, sólo parece quedarnos hoy una versión de la imaginación reducida a la evasión. Quizá, al romantizar la imaginación, le hemos quitado algo de potencia colectiva y de agencia política, y es esto lo que queremos explorar acá.

¿Qué es la romantización de la imaginación?

Hoy se ve como positiva la creación de relatos para escapar de la cotidianidad, como en cierta visión de la literatura y del cine entendidos en calidad de industrias del entretenimiento. En este sentido, lo positivo no es tanto la evasión en sí ni el eventual gozo o aburrimiento que pueda generar el momento de imaginar cosas (verbalmente o con imágenes) —aburrimiento que, por ejemplo, Walter Benjamin consideraba central para adquirir experiencia—, sino que los momentos improductivos han sido ocupados principalmente por el entretenimiento (que generalmente se paga y está diseñado por industrias específicas). En el entretenimiento se considera que tiene lugar un escape de la vida cotidiana o que se hacen más llevaderas las condiciones de vida aceleradas y centradas casi exclusivamente en la productividad —condiciones en que se ha normalizado que hasta las pausas sean activas—. Con frecuencia se piensa que el entretenimiento está ligado a momentos en los que opera la imaginación, y la posibilidad de esa evasión es vista como algo necesario, sobre todo porque genera utilidad financiera, como la industria del cine, la de los videojuegos o, más recientemente, las plataformas de televisión. Acá se valora positivamente la imaginación porque va ligada al consumo de entretenimiento y a la idea de hacer más soportable la aceleración progresiva del ritmo de vida laboral. Igualmente, se asocian los momentos de descanso y esparcimiento con una suerte de compensación de la vida productiva, salvo que en ellos quedamos inmersos en el consumo de fantasías que nos permiten “desconectarnos” o evadirnos de los espacios cotidianos, pero no es tan claro que sean momentos imaginativos.

 También en las ficciones más recientes sobre el trabajo y sobre cómo debería ser la convivencia en espacios laborales, se percibe positivamente imaginar roles, estructuras y relaciones que, supuestamente, no estarían mediadas por la jerarquía, la subordinación y el conflicto, sino por metas comunes y colectivas. Estas, con frecuencia, son más simuladas que reales, dado que se enfocan en la utilidad y no realmente en el bienestar de las personas involucradas en relaciones laborales dentro de organizaciones. En últimas, se observa una necesidad de reinventar organizaciones e imaginar otras formas de trabajo, pero sin tener que modificar nada en el esquema industrial que busca la rentabilidad antes y por encima de cualquier cosa (llámese bienestar, soberanía, conocimiento o lo que sea).

Asimismo, el desarrollo de un pensamiento crítico y creativo se señala como clave en un futuro en que las tareas más operativas pasarán a ser realizadas por inteligencias artificiales generativas que tienen un consumo energético devastador para la vida en el planeta. Ese pensamiento crítico se vincula también a la imaginación en el mismo sentido de una necesidad constante de innovar en ámbitos productivos, sin generar cambios estructurales.

De igual modo, a la imaginación se le atribuye muchas veces la responsabilidad del éxito o el fracaso de los emprendimientos, como si bastara una buena idea, clara y simple, para conquistar un mercado determinado. Es curioso, pero parte de los fracasos se achacan a la falta de imaginación, de creatividad o de innovación, y rara vez al funcionamiento estructural de nuestras sociedades o a las desigualdades económicas que no han hecho sino aumentar en los últimos años.2

En estos escenarios, la imaginación parece ser una facultad central de los humanos con rasgos primordialmente positivos. Ahora bien, el papel usual que se le atribuye a la imaginación está romantizado en al menos tres sentidos: el primero es que se liga a lo que, en un mercado dado, funciona como innovación para generar utilidades, en un proceso de edulcorar y dar prestigio individual a necesidades realmente mercantiles —que no personales—; el segundo es que, cuando no se confunde con la innovación, tiende a creerse que la imaginación es primordialmente evasión y desconexión, lo cual imposibilita analizar otras funciones y rasgos creativos, no sólo receptivos; y el tercero es que se minimiza el carácter codificado culturalmente que tiene la imaginación. Este último rasgo nos interesa particularmente, puesto que implica indagar en qué medida nuestra imaginación está siendo capaz o incapaz de pensar modos de vida diferentes, menos distópicos y violentos que el momento actual.

De imaginación, ficción y ontología

Empecemos por una distinción breve entre estos tres términos. Más que una taxonomía específica que establezca límites y similitudes entre la imaginación y conceptos como el de creencia, deseo, percepción u otros, quisiéramos aclarar en qué sentido entendemos la imaginación y la ficción, y cómo relacionarlas con las ontologías.

Al hablar de imaginación, estamos pensando en una facultad vinculada a la capacidad de generar y crear escenarios, conceptos, relatos, teorías, objetos virtuales, recuerdos o imágenes mentales, independientemente de si esa creación se da verbalmente o no. Generalmente, pensamos que empleamos la imaginación de manera voluntaria y que, en este sentido, está ligada a la conciencia y a la intención. Al ser el caso, esa imaginación se emplea para cosas diversas que no cargan intrínsecamente nada emancipador ni bueno ni ético en sí mismas. 

En el caso de la ficción, no nos referimos a una facultad o capacidad, sino más bien a algo —generalmente un conjunto de signos— que está construido, creado o producido, en parte gracias a esa capacidad imaginativa, y que remite a hechos no necesariamente reales ni verificables. Hay dos sentidos usuales de ficción: uno es de carácter antropológico y el otro es artístico.

En el primer caso, hablamos de ficciones compartidas que son afines al fingimiento, la invención o la simulación imaginativa (como en los juegos infantiles de simulación), y que permiten establecer o regular simbólicamente determinados vínculos entre humanos o explicaciones de las relaciones entre humanos y no humanos (como las monedas, los mitos y las teorías). En el segundo caso, hablamos de constructos, productos o artefactos, como textos literarios, películas o artes visuales y audiovisuales que corresponden a un tipo de producción cultural específico en que se declara y se reivindica abiertamente el carácter imaginativo, a diferencia de las producciones fácticas o científicas. Ambas ficciones comparten la misma naturaleza porque están ligadas a la imaginación, pero también involucran rasgos diferentes, como cuando algunas obras literarias o audiovisuales se alejan, en algunas ocasiones, de lo que típicamente se considera narrativo o simbólico (es decir, convencional).

Quisiéramos poner en diálogo esa distinción entre ficción e imaginación con la ontología del antropólogo Philippe Descola. Específicamente, cuando Descola ubica su trabajo dentro de un nivel de análisis antepredicativo, nos lleva a entender que estudiar una ontología significa estudiar cómo ordenamos aquello que percibimos dentro de nuestro ambiente, incluso antes de poder explicar por qué ordenamos nuestras experiencias, conocimientos y prácticas de un modo u otro. La capacidad de ordenar lo que percibimos está dada por lo que Descola, en Más allá de naturaleza y cultura, depura y define como “esquemas colectivos y adquiridos” que permiten hacer inferencias acerca de qué es típico para una comunidad determinada. Los esquemas son aquello que nos permite organizar prácticas y expresar el pensamiento y las emociones, estructurar nuestra percepción y dar un marco para interpretar comportamientos y acontecimientos, de manera admisible y comunicable, dentro de nuestras comunidades humanas. 

Los esquemas se ubican como marcos —a la vez cognitivos y culturales— que van determinando en qué términos y de qué modos ordenamos lo percibido. Pero ¿qué relación habría entre ese nivel ontológico de análisis, el de los esquemas, y la imaginación y la ficción? Las ficciones entendidas en su dimensión antropológica son formas colectivas que determinan qué es imaginable en diversas culturas humanas; se dan dentro de lo que ciertas culturas determinan como imaginable. Esto explica por qué lo ficcional no necesariamente es emancipador o liberador, o por qué encontramos representaciones de tensiones políticas reconocibles y familiares, pero con el añadido de fantasías con dragones o analogías con mundos vampirescos: la sola adición de fantasías medievales o góticas no implica que podamos imaginar situaciones por fuera de esos esquemas colectivos en que hemos crecido. La ficción, en sentido antropológico, se enmarca en esos mismos esquemas para poder ser transmisible y comunicable, y va mutando con ellos.

¿Cómo desromantizar?

Primero: habría que evitar reducir la imaginación a la mera evasión o, en vocabulario contemporáneo, a permitir “desconectarse”. La evasión está bien, pero es individual, no transforma por sí sola y no es la única imaginación que necesitamos en estos momentos. Para no despolitizarla y rearmarla como colectiva, habría que pensar en cómo puede conectarnos entre nosotros y ayudarnos a pensar cómo transformar lo que ocurre.

Segundo: cabría volver a la ficción literaria y audiovisual para recapturar el sentido de ruptura de lo convencional. Ahí hay un equilibrio delicado entre romper, cuestionar o transformar parcialmente los esquemas colectivos, pero sin perder enteramente la transmisión y la dimensión comunicable, si bien no en términos convencionales. Algunos textos literarios y obras artísticas logran ese efecto sin perder su carácter experimental ni crítico. La simple incomunicabilidad hoy parece opacar los efectos colectivos.

Tercero: una manera de romper y transformar lo que consideramos imaginable está en las formas verbales o audiovisuales que empleamos, y no necesariamente en sus contenidos o temas: cuando cierta literatura, cierta televisión, ciertas artes visuales y performativas o cierto cine logran desacomodar una percepción normalizada y naturalizada frente a la narración, la lengua o los códigos de lo visible, se abren preguntas sobre lo admisible, deseable e imaginable en grupos sociales. Ese lugar de transformación de la percepción puede ser fructífero cuando, además, viene con alteraciones de los códigos en que expresamos emociones y pensamientos, sacándolos del lugar individual que la romantización nos ha reforzado. Más que afantasía colectiva, tal vez estemos en un momento de fantasía repetitiva y absolutamente representacional de nuestros propios esquemas, incluso al imaginar utopías o distopías. Quizá sea hora de instrumentalizar la imaginación no para reiterar los mismos “contenidos”, sino para construir ficciones que procuren transformar nuestros esquemas cognitivos y culturales (individualistas y neoliberales). Tal vez así se dé al menos una ampliación de lo que consideramos imaginable hoy.


  1. Investigadora y profesora asociada en el Departamento de Estudios del Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana, en Bogotá, Colombia. [Dar clic para visitar su perfil]. ↩︎
  2. Chancel, L., Gómez-Carrera, R., Moshrif, R., Piketty, T., et al. World Inequality Report 2026, World Inequality Lab. wir2026.wid.world. ↩︎

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