Si borramos los bordes afilados que separan realidad de imaginación, ¿qué paisaje aparecería? Te invitamos a experimentar la dimensión estética como modo de aprehensión del mundo, como potencia de creación de nuevas formas de habitarlo en su cotidianeidad.
Por: Ana Inés Lazzaro 1 y Clara Tissera 2
ᕛᕔᕓᕜᕘ
¿Qué puede significar desarrollar prácticas de la imaginación? ¿Quiénes las realizan? ¿Qué transformaciones producen? ¿Y por qué habríamos de desearlas, valorarlas o emprenderlas?
En nuestro mapa socio-cultural occidental, la imaginación ha ocupado históricamente un lugar subsidiario y fuera del principio de realidad. Al mismo tiempo, se les ha adjudicado a lxs artistas sus potencias cualificables. Poetas, pintores, bailarines y actores son lxs que se elevan por encima de las formas dadas para hacer con ellas algo distinto; son quienes tienen la capacidad de abstraerse de la realidad para crear otros mundos. Creativxs y ocurrentes responden al llamado de la inspiración; son tocadxs por las musas, a diferencia de lxs comunes mortales. La imaginación parece adquirir legitimidad sólo en el campo del arte, pero, en lo referente a la vida ordinaria, su potencia ha sido neutralizada.
En su conferencia ¿El arte cura?, Suely Rolnik (2001) advierte este desvío como una política de subjetivación propia de la cultura occidental moderna (datada históricamente en el siglo XVII), que presupone una reducción de la experiencia y una escisión o disociación de la subjetividad respecto de su propia multiplicidad. Rolnik habla de una doble dimensión constitutiva de la subjetividad: la “dimensión psicológica/ego-lógica” (que conoce por las vías de la percepción, la razón y la representación) y la “dimensión estética”, un modo de aprehensión del mundo que capta a través de la sensación, el percepto o el afecto, y que precede a toda representación. Se trata de un saber intensivo que no capta necesariamente las formas (las representaciones socioculturales del mundo), sino las fuerzas: los efectos que producen los afectos, los estados de afectación que nos provocan las fuerzas del mundo. La autora lo denomina “saber-del-cuerpo” o “saber eco-etológico” en tanto un saber que parte del pathos, del ser afectadx, con-movidx, tocadx por algo.
Ahora bien, en nuestra cartografía cultural, la esfera psico-ego-lógica del sujeto se encuentra sobrevalorada, y es a ella, precisamente, a la que se le adjudica el monopolio del principio de realidad. De esta manera, lo que queda proscrito es la dimensión estética cuya potencia, decíamos, es la de captar el mundo desde sus fuerzas (afectos) y no tanto desde sus formas (representación). Pero más aún, “Lo que queda excluido en esta política del deseo es nada más y nada menos que la participación de la subjetividad en el proceso de creación y transformación de la existencia” (Rolnik, 2001, p. 9), puesto que, a partir de esa productividad de las fuerzas, puede crearse lo nuevo, desafiar las formas vigentes y las cartografías obsoletas. “Estamos ante un tipo de existencia en la que lo que está trabado es la vida como potencia de diferenciación” (Ibid., p. 9). Por esto mismo, Suely nos advierte que esa domesticación nos enajena ni más ni menos que de la pulsión vital, de cierta brújula ética que nos permite cambiar de forma para poder seguir afirmando la vida cuando ya no encuentra vigencia en el modo en que viene desarrollándose.3
Hemos llegado aquí al punto en el cual ética, estética y ontología se tocan, y donde las percepciones en torno al campo de la estética (que es el campo de la imaginación) se tornan radicales.

ᕛᕜᕓᕘᕔ
.
… bajo ese ángulo el pensar y el sentir son una sola cosa, como la inteligencia y el amor, la contemplación y la acción. El hombre ha sido tercamente burlado y partido. Su capacidad de imaginar, su poder de visión, su fuerza de contemplación, quedaron en el margen de lo ornamental y lo inútil.
(Roberto Juarroz)
Entonces, ¿cómo pensar la imaginación cuando ha sido sistemáticamente desacreditada, cuando se la ha condenado al campo de la evasión, la fantasía, la irrealidad? ¿Podemos atender su potencia desde otro registro? En la década del 60, Herbert Marcuse introdujo un concepto de imaginación subversivo, pues sostenía su valor de verdad, su poder cognoscitivo y su anclaje en un principio de realidad reconciliado con el principio de placer. La imaginación conoce a partir del campo de la sensación; es una forma sensible de conocer el mundo, captarlo, descubrirlo; percibe lo que está ahí, dispuesto materialmente en la inmanencia, pero también puede captar sus cualidades sutiles, vaporosas, esas que trascienden lo meramente dado.
Asimismo, la imaginación no sólo es la facultad que reconcilia la sensibilidad y el entendimiento, sino la que guarda el germen de otra realidad posible: el germen de la diferenciación. Se trata de un conocimiento con leyes propias, capaz de instaurar modos de realidad nuevos y diversos.4 Así, el conocimiento, en tanto forma de la imaginación, se aleja de la idea de la mimesis o la reproducción/representación —más o menos fiel— de lo que es y preexiste como forma pura, “incontaminada”.
Desde este punto de vista, la imaginación es aquello que, lejos de oponerse a lo real, lo hace posible, le da modos de existencia, más o menos palpables/perceptibles, pero siempre reales. Imaginar hace-ser, hace-sentir, hace-aprehender: es un modo de conocer que otorga mayor realidad a la existencia haciendo que lo nuevo sea cognoscible al ingresar al campo del sentido, de la significación (Castoriadis, 1998). No habría una división ontológica entre el artificio y lo dado, sino que se concilian en y mediante la capacidad imaginante. Como decía Juarroz (a propósito de la poesía), vivimos en un segmento diminuto de la realidad, con las fronteras muy cerca. La dimensión estética presupone una ruptura de esa escala consuetudinaria empobrecida: “[…] abre la escala de lo real (espacio, tiempo, espíritu, ser, no ser) y cambia la vida, el lenguaje, la visión o experiencia del mundo, la posibilidad de cada uno, su disponibilidad de creación. […] crea realidad, agrega más realidad a la realidad, es realidad” (Juarroz, 2000, p. 17-18).
Ésa es la potencia de la imaginación: un “entre” lo abstracto y lo concreto, la sensibilidad y el entendimiento, las formas y las fuerzas, la representación y lo inconmensurable; un “entre” que no queda reducido a la actividad del sujeto per se (creatividad), sino a la potencia de vincular, a las formas de encuentro —entre sujetos, cuerpos humanos y no humanos, lenguajes, etcétera— que componen potencias captables, intuibles, susceptibles de instauración de nuevas formas. Dichas composiciones disuelven la dicotomía sujeto-objeto, interpelando las lógicas antropocéntricas o meramente racionalistas para encarnar la dimensión estética como un hacer-ser que emerge de la interpenetración de campos diversos.
Por eso decimos que, en tanto facultad cognoscente, la imaginación trasciende la práctica meramente artística para situarse en la vida misma como praxis, reconectando la subjetividad con su dimensión estética. La práctica imaginante crea una arquitectura capaz de alojar esa novedad que empuja desde lo indeterminado-infinito para abrirse paso en el mundo de las formas. Capta la extrañeza para darle materia y, en esa expansión, transmuta la realidad y a la propia subjetividad que la encarna.
ᕛᕔᕓᕘᕜ
.
Si se limpiaran las puertas de la percepción, todas las cosas aparecerían tal como son, infinitas.
(William Blake)
Por eso, gustamos de pensar la imaginación como una forma de askesis, es decir, como una serie de disposiciones, ejercicios, entrenamientos del cuerpo/alma que despojan la subjetividad de sus hábitos cotidianos para practicar la presencia. La askesis presupone una conversión de la mirada, una amplificación del campo de la sensibilidad, una apertura al hervor del misterio, lo incognoscible, lo inconmensurable y, a la vez, lo intuible en la piel de las cosas. Ejercitarnos en esta fina escucha requiere el despliegue de un modo de atención, una disponibilidad y también una confianza en la imaginación como facultad capaz de abrir la experiencia intensiva que capta las fuerzas de las sensaciones, se deja afectar y compone con ellas haciendo saber de otra manera: con sabor.[3]5
Las prácticas de imaginación se convierten en prácticas aperturantes de esa dimensión estética obturada, una askesis que permite al sujeto transformarse a sí mismo y acceder a otro registro de realidad, participando de la vida como proceso de diferenciación y, por tanto, de instauración de formas nuevas de ver, amar, hacer, conocer, sentir, ser y estar.
ᕛᕔᕓᕘᕜ
- Castoriadis, Cornelius. (1998). Hecho y por hacer. Pensar la imaginación. Buenos Aires: EUDEBA.
- Juarroz, Roberto. (2000). Poesía y realidad. Valencia: PRE-TEXTOS.
- Marcuse, Herbert. (1983). Eros y civilización. Madrid: SARPE.
- Rolnik, Suely. (2001). “¿El arte cura?” Conferencia en los debates Arte, Locura y Cura en el MACBA. Barcelona: Quaderns portátils.
- Rolnik, Suely (2019). Esferas de la insurrección. Apuntes para descolonizar el inconsciente. Buenos Aires: Tinta Limón.
- Licenciada en Comunicación Social y doctora en Ciencias Sociales (Universidad Nacional de Córdoba), bailarina y performer. Trabaja como docente de sociología e investigadora en la Facultad de Ciencias Sociales (UNC). Sus líneas de investigación entrecruzan las teorías sociales del cuerpo y la subjetividad, economía de los cuidados y feminismos de la reproducción social. ↩︎
- Licenciada en Filosofía (Universidad Nacional de Río Cuarto, Argentina) y artista visual. Trabaja como docente en nivel superior e imparte talleres y laboratorios de prácticas filosóficas y estéticas en diferentes espacios culturales, donde reúne literatura, composición en collage y pensamiento filosófico. ↩︎
- A su vez, y de manera aparentemente paradójica, la creatividad se ha vuelto un imperativo de la subjetividad neoliberal actual, pues, como advierte Rolnik (2019), “hay que ser creativos para ser competitivos en el mercado”. Pero esta forma de creatividad no implica una política de subjetivación que integra las fuerzas creadoras a la experiencia, sino, por el contrario, supone un encuadre funcional de las mismas, donde la creación queda reducida a una actividad productora al servicio de las lógicas capitalistas, acentuando la escisión ontológica de la subjetividad respecto de su dimensión estética. ↩︎
- Para Marcuse (1983), la imaginación no es una facultad inferior, ni evasiva, ni meramente subjetiva; por el contrario, es la condición de posibilidad del conocimiento. Esta idea la toma de Kant, quien refiere a la imaginación como facultad reconciliadora entre la sensibilidad y el entendimiento, pero la radicaliza no sólo al otorgarle autonomía, sino un poder de verdad instaurador (en otros términos, la imaginación no sólo permite la experiencia o el conocimiento de lo dado, sino, también y fundamentalmente, el conocimiento de lo posible, lo germinal, lo aún por nacer). La imaginación es portadora de una verdad que yace en el inconsciente de la humanidad y por eso es capaz de captar la obsolescencia de las formas represivas de lo dado que asfixian el pulso vital, integrando el principio de placer al de realidad. En este punto, las intuiciones de Marcuse se tocan con el concepto de la dimensión estética rolnikiano. ↩︎
- La palabra saber (sabio, sabiduría) y sabor (saborear, sabroso) tienen la misma raíz indoeuropea: sapere. En diccionarios antiguos, como el de Nebrija (1495) o el de Covarrubias (1611), se dice que saber implica tener el sabor de algo. Esta acepción implica que saber no quiere decir “acumular conocimiento” o “saturar la mente con información”, sino “captar el sabor de algo que se intuye porque se tiene experiencia”. Sabor es esa característica particular de algo que se prueba (se ensaya, se experimenta con los sentidos). ↩︎
Nota. A continuación, se enlistan los créditos autorales de las imágenes:
a) Imagen de la portada: Tima Miroshnichenko [@tima_miroshnichenko].
b) Imagen 1: Clara Tissera [@tisseraclara].

